Automatizando trenes y aviones


El accidente del avión alemán en los Alpes, para mi perplejidad, ha acabado homologándose en los análisis de algunos tecnófilos al del tren Alvia en Compostela. Según ellos, la causa común habría sido un fallo humano y nada tendría que ver aquí la tecnología o los intereses económicos de quienes la gestionan. Me parece una barbaridad igualar la calificación de un monumental despiste a un acto deliberado, aunque lo sea de un enfermo. Y lo digo por deferencia al conductor del Alvia.

Pero dicho esto, sí creo que hay más de un paralelismo que no agradará a nuestros tecnófilos. En primer lugar, el hecho de que la creciente automatización de ambos medios de transporte se ha traducido en la amortización de recursos humanos. De varias personas en cabina llegamos a tener toda la responsabilidad en un solo hombre.

Esta automatización, como muy bien documenta N. Carr en su libro Atrapados, ha relajado además las habilidades y concentración del piloto. Y es así que en el caso del Alvia el delegar en la automatización en un tramo, sin haber un plan b en el siguiente, nos ha conducido al desastre. En mi modesta opinión por una gestión chapucera de la transición entre dos tecnologías ferroviarias. Es lo mismo que habría sucedido en recientes accidentes aéreos donde la gestión por el piloto automático de señales erróneas, o la recuperación caótica de un control manual cada vez menos ejercitado, nos sitúa ante nuevos riesgos.

¿Tiene esto algo que ver con el piloto suicida alemán? Sin duda. Porque hoy nadie duda que de haber en todo momento dos pilotos en cabina este accidente no habría tenido lugar. Si no los hay es a causa de una automatización que se gestiona por las compañías amortizando empleos y salarios. Y como las compañías actúan por la lógica del beneficio, tendrá que venir un regulador colectivo (como ya se hizo, por otros motivos, en EE.UU.) que imponga a todas lo que algunas nunca harían: dos pilotos en todo momento.

Es así como no teniendo comparación posible un despiste y un suicidio, la automatización rampante abre camino para que en ambos casos se conviertan en una masacre. No nos engañemos, para evitarlas en el futuro debemos tener siempre un plan b, e incluso c, a mano. Uno de ellos tendrá que ser un segundo factor humano habituado a tomar el control en el momento adecuado, tanto si los mecanismos automatizados cometen errores, como cuando el primer factor humano (por omisión o acción) no esté a la altura de su responsabilidad.

Bien sé que no es este un análisis al gusto de tecnopolitas sonámbulos (de los que ya se ocuparon muy por extenso Lewis Mumford y Langdon Winner) que confían ciegamente en la tecnología. Por mi parte, yo confío en que en Alemania tomen tan buena nota de lo sucedido en este caso como hicieron después del accidente de Fukushima en el tecnófilo Japón: programar el cierre de todas sus centrales nucleares. A buen entendedor.

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