Solo nos falta un nombre


El desconcierto de Europa -proclamado por mandatarios, analistas, profesores y ciudadanos- quedaría solucionado de un plumazo si el copiloto del Airbus 320 se llamase Suleiman Al-Mansur. Con solo este detalle nos libraríamos de elucubrar sobre la detección de las enfermedades mentales, sobre los motivos del suicidio asesino y sobre la inasumible idea de que entre nosotros puedan vivir maníacos depresivos y obsesos. Lo que en realidad no entendemos es que este chico de apariencia normal quede encastrado por su nombre en el meollo de la sociedad alemana, y que, en vez de echar la lengua a pacer sobre el fundamentalismo, el terrorismo, Al Qaida o el ISIS, tengamos que llevar al diván del psicólogo todo aquello que somos, valemos y representamos.

Si el suicida se llamase Al-Mansur, ya habríamos bombardeado alguna aldea de Irak, y ya habríamos afirmado con solemnidad que no vamos a tolerar ningún ataque contra nuestra sociedad abierta y democrática. Pero al comprobar que el suicida se llama Lubitz, es cristiano y tiene los ojos azules, nos disgusta sobremanera la inseguridad del diagnóstico, y nadie sabe cómo acallar a la gente que reclama soluciones cartesianas. Lo que no queremos aceptar es que, además de ser herederos de una cultura greco-judeo-cristiana, que con toda evidencia nos define, también somos maniqueos, y que solo estamos capacitados para entender narraciones y argumentos en los que se identifiquen y separen con claridad los buenos y los malos.

Esta desorientación, causada por un grave desequilibrio entre los avances tecnológicos y los conocimientos lógicos y morales, nos hace creer que la muerte es distinta -y menos dolorosa- si nos espachurra el azar que si nos asesina Lubitz. Y también nos hace olvidar que, lejos de estar ante una novedad criminal inasumible, los europeos y americanos estamos sometidos a estas conductas criminales -ametrallamientos en las aulas, mafias, delincuencia organizada, violencia policial, terrorismo, catástrofes de los transportes y materiales peligrosos y criminalidad patológica contra niños o mujeres- como si fuesen cosas de la vida misma.

Pero lo que resulta más curioso es que, en vez de analizar estas cosas con criterios estables y racionales, nos gusta improvisar, de manera que dos hechos equiparables -el accidente del Alvia y la catástrofe del Airbus- son tratados por la ciudadanía con actitudes absolutamente dispares, compadeciendo al que estrelló el tren por pura negligencia, y detestando a Lubitz como una excepción maligna e impropia de la idílica Europa. Por eso no entendemos nada. Porque nos movemos por prontos y estereotipos, y porque, a pesar de que los ordenadores dicen lo contrario, necesitamos creer que la sociedad perfecta no solo es posible, sino que ya se hizo realidad en nosotros y en nuestra ciega soberbia.

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