La naturaleza humana y los límites de la tecnología


El ser humano es imperfecto y contradictorio, capaz de lo mejor y de lo peor, de la mayor de las heroicidades y de la más infame de las maldades. Por eso, por nuestra sustancial desconfianza hacia nosotros mismos, nuestros comportamientos y capacidades, la historia de la humanidad es también la historia de las formas de control sobre el individuo. Desde las cadenas represoras hasta el mundo feliz de Huxley o la distopía de Orwell, hemos buscado la forma de superar las limitaciones humanas y de prevenir su maldad. La revolución tecnológica, especialmente la informática y las telecomunicaciones, han sido una ayuda inestimable. Sin ellas hubiera sido imposible otro de los grandes cambios del siglo XX: el transporte masivo. Millones de personas recorren el mundo a diario gracias al avión, el tren y el barco. Nada hay más antinatural para el ser humano que volar y, sin embargo, lo hace ya con naturalidad. Gracias a los millones de euros que se invierten en convertirlos en medios seguros.

Los controles previos, la monitorización constante en vuelo y toda la alta tecnología que acompaña a los pilotos son el resultado de una carrera continua por evitar que el destino de centenares de pasajeros queden al albur del error, el fallo, la negligencia, el arrebato o el impulso asesino de una única persona. Cuando la causa inmediata de un accidente es un ser humano, como ocurrió con el Alvia y como ha ocurrido ahora, siempre nos queda la duda de si hay otros seres humanos que no hicieron todo lo que debían o podían. Ahora se impondrá la decisión de evitar que solo quede una persona en cabina. Se modificarán los protocolos y se implementarán nuevas tecnologías. Está bien y conviene no parar nunca en esa carrera sin fin para controlar al ser humano y no dejarlo decidir en soledad. Por desgracia, la tecnología también tiene un límite: la naturaleza humana.

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