Ya no es accidente; es un asesinato masivo


Cuando el New York Times publicó la filtración de las grabaciones de la caja negra del Airbus quedaba una pequeña esperanza: no era una información oficial. Solo estaba avalada por una fuente militar no identificada. Pero esa esperanza solo duró unas horas: las que tardó el fiscal de Marsella en presentarse ante la prensa y leer su escalofriante informe. El copiloto Andreas Lubitz «tuvo la voluntad de destruir el avión». De la investigación se desprende que fue una acción calculada y premeditada; que eligió el lugar para estrellarse y se limitó a esperar a las circunstancias adecuadas; es decir, el momento en que el comandante del vuelo abandonase la cabina para sus necesidades fisiológicas. Y el momento parece elegido por una mente diabólica: cuando el asesino se quedó solo y estaba cerca de los Alpes, contra los que resulta fácil estrellarse. Solo Dios sabe cuánto tiempo había esperado esa oportunidad. Y solo Dios sabe qué habría ocurrido si, en vez de tener los Alpes por delante, hubiera tenido un rascacielos habitado.

Los sindicatos de pilotos nos piden prudencia a la hora de comentar el hecho y es lógico que lo hagan, pero es difícil darles satisfacción. El informe del fiscal que lleva el caso ha sido claro y rotundo en su descripción. Sus palabras no responden a una creación imaginativa, sino que son producto de una grabación que tiene todas las garantías de autenticidad. Cuando lo que hasta ayer hemos llamado accidente comenzaba a ser inexplicable, el informe lo explica todo, por mucho que nos asombre y nos indigne: estamos ante un suicidio y el asesinato de 149 personas. Es uno de los mayores crímenes contemporáneos, después de las matanzas terroristas del 11-S en Nueva York y del 11-M en Madrid. Lo único que no tenemos, al menos mientras se escribe esta crónica, es el móvil. Se sabrá, sin duda, pero es la única incógnita que nos intriga. Es difícil imaginar qué motivos, qué locura, puede inducir a alguien a segar la vida de centenar y medio de semejantes.

Pese a todo, hay un aspecto en el que sí es precisa la prudencia con un objetivo: mantener la serenidad de la población. Y hay un importantísimo argumento para que no cunda la alarma: de todos los accidentes de aviación civil que hubo en el mundo, solo se ha demostrado el suicidio de los pilotos en cinco ocasiones; de los miles o cientos de miles de pilotos que hubo en la historia, solo esos cinco quisieron terminar así con su vida y la de otras personas. Estamos, por tanto, ante un hecho gravísimo, de la máxima gravedad, pero excepcional. Un crimen horrendo, espantoso, que aumenta todavía más el dolor de las familias de las víctimas, pero excepcional. Por lo menos, yo lo necesito creer así.

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Ya no es accidente; es un asesinato masivo