Las reacciones y las redes sociales


La Voz de Galicia subió rápido la noticia a su edición digital: «Un avión Airbus A320 de la compañía alemana de bajo coste Germanwings, que efectuaba el trayecto entre Barcelona y Düsseldorf, se ha estrellado este lunes en la región de los Alpes franceses con 150 personas a bordo -144 pasajeros y seis tripulantes- que, según el presidente francés, François Hollande, se teme que hayan muerto». Después, la portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Bernadette Meehan, declaraba que «no hay indicios de un nexo con el terrorismo en este momento», y algunos respiraban porque están frescos el atentado yihadista en Túnez y otros accidentes de aviación, demasiados en poco tiempo.

Pero, más allá del humano dolor de los próximos, del desgarro por la muerte de un ser querido, en esta sociedad global interconectada en tiempo real, en esta insoportable levedad del ser que novelara Kundera, surgen nuevas formas y comportamientos colectivos a sucesos como este que obligan a alterar o cancelar en minutos planes de jefes de Estado, de jefes de Gobierno, de ministros y de instituciones preparados con minuciosidad y meses de antelación.

Mientras se añadían datos a la tragedia, se daba noticia de la suspensión del viaje de Estado que los reyes de España acababan de iniciar en suelo francés; otro tanto hacían los presidentes de Gobierno de España y Francia, y la canciller alemana; les seguían los ministros de Asuntos Exteriores, de Interior y de Transporte de los tres países afectados, además del presidente de la Generalitat y varios de sus consejeros. Todos anulaban su agenda y se integraban en gabinetes o células de crisis; se movilizaban cientos de psicólogos y sanitarios para atender a familiares de las víctimas en los aeropuertos de salida y llegada; se organizaban viajes de familiares al lugar de la catástrofe; el Parlamento Europeo, las Cortes Generales, el Bundestag y la Asamblea Nacional guardaban un minuto de silencio por los fallecidos y suspendían comparecencias; se decretaban días de luto nacional, y cientos de comunicados, declaraciones y tuits de líderes políticos y portavoces de partidos e instituciones rivalizaban por su difusión, con palabras como consternación, estupor, pésame y dolor. Muchas eran sentidas, pero otras farisaicas porque sus protagonistas saben que las redes sociales crucifican al ausente y al supuestamente parco, como le ha ocurrido a Rajoy en Vitoria, donde estaba inaugurando el Centro Memorial de Víctimas del terrorismo.

Son los nuevos Torquemada, a los que cualquier cargo debe pleitesía y tributo si no quiere terminar abrasado. Es la sociedad actual de 140 caracteres en la que todo acontece en tiempo real y todos, desde el más alto al más bajo del estamento público, tienen que sumarse al dolor individual o colectivo porque la obra transcurre en un inmenso escenario al aire libre en el que el ausente queda señalado.

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