Confieso mi escepticismo


En este año tan movido electoralmente recuerdo constantemente a Pirrón de Elis, considerado por todos el padre del escepticismo. A mi lado, un crédulo. Resulta insultante la actitud de los candidatos. Nos hacen creer que lo que les guía es su vocación de servicio a los demás, cuando la cruda realidad no es otra que la utilización de esos comicios para medrar política o económicamente.

Los electores les importan más bien poco. Pierden la voz a base de gritar a sus votantes el tan manido «vamos a ganar», cuando los únicos que lo van a hacer son ellos, y su media docena de colaboradores más allegados. Prometen, desde el primero al último, aquello que saben que no van a cumplir, por lo que desde el minuto cero de la campaña están mintiendo a una mayoritariamente desesperada ciudadanía.

Se descalifican entre ellos a sabiendas de que el día después de las elecciones buscarán el pacto, olvidándose de aquellas maldades atribuidas al ahora querido compañero de bipartito. Es la política. Para Aristóteles, una ciencia en la cual desemboca la ética. Esa ética un tanto escasa en nuestros aspirantes a representantes públicos, esos individuos que primero escudriñan lo que sus conciudadanos quieren oír, y luego lo hacen suyo sin el menor de los escrúpulos.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
95 votos

Confieso mi escepticismo