¿La nostalgia puede ser feliz?


Para Amélie Nothomb. no. Los japoneses no tienen una palabra para designar nostalgia triste. Recurren al inglés «nostalgic». Solo tienen el término nostalgia feliz, que es el que utiliza la autora belga para titular el libro en el que cuenta su regreso (agrio) a la tierra que abandonó por segunda vez en su vida 16 años antes. En Japón pasó su infancia y a ese territorio mítico para ella volvió en una segunda ocasión para vivir un gran amor, al que decidió abandonar. La primera frase de toda novela tiene que ser un gancho. Y en este libro, que cuenta el viaje de Amélie Nothomb al archipiélago para reencontrarse con la mujer que la crió y con el hombre que la amó y rodar un documental, lo es: «Todo lo que amamos se convierte en una ficción. De las mías, la primera fue Japón». A algunos Amélie Nothomb les parece una decoradora de la literatura. Pero sus breves textos siempre tienen una elegancia que no deja indiferente. Es como beber champagne, pero qué bien sienta. Amélie va con el equipo de televisión a Kobe, donde pasó su infancia y donde comprobará la destrucción del terremoto, a Fukushima, como otro lugar del desastre, a Kioto, el pleonasmo (pleorgasmo) de belleza, y a Tokio, donde quiere convertirse en efervescente para deshacerse en la energía de esa ciudad donde los extravagantes son los auténticos campeones del mundo de la extravagancia. Demasiadas sensaciones para una experta en sentir. Seguimos a Amélie en su regreso casi siempre a punto de fibrilar. Intensa y rara como es siempre esa flor que llamamos pensamiento. Cualquier retorno al pasado es un examen terrible. Nada como recurrir a Flaubert para zanjarlo sin empapar la magdalena en el veneno de la nostalgia: «La estupidez consiste en querer sacar conclusiones».

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