Galicia se suicida


En el informe elaborado por el FMI en el 2014 sobre Perspectivas de la economía mundial: secuelas, nubarrones, incertidumbres, se señala al envejecimiento de la población como uno de los mayores riesgos, a largo plazo, para el crecimiento de la productividad por la disminución de la mano de obra. Unido a un período prolongado de crecimiento débil «producirá el desplome del crecimiento potencial de países con economías estancadas» (sic). Una advertencia que parece hecha a medida de Galicia, sin ir más lejos.

Las encuestas no indican que este problema figure entre las preocupaciones sociales. La pirámide invertida sigue creciendo con las tasas de fertilidad más bajas de España y poniendo del revés los porcentajes que relacionan el número de menores de 20 años y mayores de 65 en nuestros municipios: en 1991, el 50 % de todos los ayuntamientos tenían más población joven que jubilada; en el 2014, el 51 % cuenta ya con un tercio de su población mayor de 65 años.

Caminamos sobre la cuerda floja sin red que amortigüe el golpe seguro para una Galicia que entró en franco declive demográfico a principios de los noventa y hoy está ya en alerta roja por los indicadores de pérdida de población y envejecimiento demográfico. Lo insoportable es que esta situación, conocida y divulgada periódicamente, no haya conseguido de la clase dirigente de este país un acuerdo político para frenar e invertir esta tendencia suicida. Galicia sigue ostentando el dudoso honor de ser el farolillo rojo en una cuestión en la que se juega, literalmente, la vida.

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