Los cojines de Rato y el esquí de Bárcenas


Rato, con un par de cojines, y Bárcenas, con un par de esquíes, imparten estos días lecciones de economía. Y los españoles, duros de mollera, como reiteran anualmente los informes Pisa, no acabamos de asimilarlas. Mucha juerga en el país, mucho brindis y mucho botellón para celebrar la recuperación, y poco sentidiño. Eso es lo que hay.

Rodrigo Rato anda irritado. No porque un taller de costura de Gijón le haya extraviado sus dos almohadones, confeccionados con alfombra turca, sino por la baja productividad de la empresa española. En un mercado global cada vez más exigente, no puede ser competitiva una empresa que pretende cobrar veinte euros por dar cuatro puntadas a un par de cojines. No puede sobrevivir un negocio que extravía las prendas de sus clientes. Está condenada al fracaso una compañía que, por razones harto peregrinas, opta por donar a Cáritas los bultos que estorban en el establecimiento.

Alega Patricia Vázquez, que así se llama la dueña de Entrecosturas, que los cojines abultaban mucho, eran horrorosos y estaban muy sucios. Pero eso no justifica la donación. Primero, porque no eran suyos. Segundo, porque el donativo contribuye a la molicie y la vagancia de algún andrajoso, al sustituir su lecho de cartones y periódicos viejos por mullido lujo asiático. Ya lo dijo una diputada levantina mejor que yo: les das una ayuda y se compran una televisión de plasma. Y tercero, y más grave, porque la asistencia social resulta claramente incompatible con la competitividad económica.

El extesorero del PP complementa la lección del exministro. El juez le embargó los bienes y, quizá inspirado en la exposición de motivos de la reforma laboral, le asignó un sueldo de 300 euros al mes. Aunque un portavoz se quejó de que tal estipendio no da «ni para coca-colas», Bárcenas demuestra que sí resulta suficiente para cubrir sus necesidades básicas: para esquiar durante quince días, a cuerpo de rey, en las pistas de Baqueira. Cada uno tiene sus prioridades: la cuestión estriba en saber estarricar el dinero para realizarlas. ¿Conocen ustedes prueba más contundente de las bondades de la austeridad y de la precarización laboral?

Bárcenas cubre sus necesidades más imperiosas, pero ha ingresado en el atiborrado club de los deudores. Ahora que el juez Ruz lo ha humanizado, vive por encima de sus posibilidades y las facturas impagadas se le acumulan en los cajones. Dirán los demagogos que debe millones al bolsillo popular (tome el lector la palabra «popular» como mejor le pete), pero yo me refiero a las deudas que agobian a todo hijo de vecino. Los 376 euros de gastos de comunidad por su pisito madrileño, por ejemplo. Pecata minuta. Seguro que el extesorero leyó en la cárcel el opúsculo que Balzac, cuando aún no era Balzac y vivía en una buhardilla acosado por los chinches y los acreedores, tituló El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo. Sarcástica y encomiable lección del escritor que alumbró la Comedia Humana. Pues eso: tiene cojines la cosa.

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