La casta interminable (de 1975 al 2015)


U no de los aciertos de la irrupción de Podemos ha sido situar en la agenda y el debate público la escandalosa connivencia entre un nutrido grupo de nuevos ricos -de los sucesivos pelotazos en las últimas décadas- con una parte no pequeña de las burocracias de los principales partidos políticos del país.

Las puertas giratorias entre un cargo en la Administración y ser directivo de una empresa (que gestiona negocios cautivos a cuenta del erario público) es el caldo de cultivo en el que han realizado todas sus tropelías. Algunas dieron -en ocasiones casualmente- en los juzgados, mientras otras muchas viven durmientes en pactos de caballeros; pactos que alcanzan a sectores de la judicatura, la alta inspección de Hacienda o a ciertos cuerpos policiales, como hemos podido comprobar con nombres y apellidos estos últimos años.

Se habría consumado así un monumental fraude a las expectativas de regeneración social y política que se abrieron paso con las sucesivas elecciones democráticas tras el franquismo. Con eslóganes como «Por el cambio» o «Súmate al cambio» se prometía superar una estructura autocrática en la que otra casta, militar, económica y social, había ocupado por la fuerza las posiciones de poder desde la que trataba como súbditos al resto de la sociedad española.

Una vez más se habría cambiado aparentemente todo? para que al final, en formato democrático, apenas se mutase en una nueva casta. Recuerdo ahora estos lodos y aquellos barros porque, cuarenta años más tarde, se convocó en Madrid a los subalternos, a los damnificados, a los de abajo, a una exitosa «Marcha del cambio». Para hacer, ahora sí, realidad el séptimo mandamiento de George Orwell en su Rebelión en la granja: «Todos los hombre son iguales».

Sin embargo, detalles que se van conociendo sobre las conductas de algunos de los dirigentes emergentes para este nuevo cambio no se conjugan nada bien con la igualdad de todos ante los impuestos, las obligaciones laborales o en las relaciones de las empresas con los responsables políticos. Pareciera tomar cuerpo la segunda versión de aquel mandamiento: «Todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros». Una nueva casta en clonación; la casta interminable.

Nunca está uno precavido en exceso en estos asuntos. El siguiente sistema y régimen acaba siempre anclado en las debilidades, apatías, avaricias, ansias de poder y de corrupción de no pocos ciudadanos; las sucesivas mareas sociales son incapaces de construir un orden social mejor que los seres humanos que forman parte de él. Como escribió Mumford en su Historia de las Utopías: «Es estúpido esperar ningún cambio auténtico o permanente de cualquier programa social incapaz de regenerar o convertir a las personas que habrían de diseñarlo y llevarlo a cabo». Es entonces que el cielo, el cambio, se convierte en otra casta.

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La casta interminable (de 1975 al 2015)