Caricaturas, libertad de expresión, blasfemia


De nuevo, otra vez. Los atentados del pasado fin de semana en Copenhague instalan la repetición. De nuevo, el objetivo inicial era un caricaturista: Lars Vilks, que había retratado al profeta de modo irrespetuoso (como un perro), por lo que estaba amenazado de muerte. De nuevo, la muerte: dos muertos y varios heridos, aunque todo hace pensar que se intentaba perpetrar una nueva masacre como la provocada por los recientes atentados de París. También, como en París, al caricaturista le seguirían los judíos. Este último acto terrorista, que comenzó durante la celebración de un debate sobre la libertad de expresión y la blasfemia, tenía como objetivo central a ese hombre, Lars Vilks, que se ha hecho, y nos ha hecho, la pregunta fundamental: «¿Por qué no se puede criticar al islam cuando se pueden criticar otras religiones?». Su persecución, y la puesta a precio de su cabeza (un precio superior si es degollado), tuvo su origen en unas caricaturas consideradas blasfemas. También la tragedia de Charlie Hebdo comenzó por la reproducción de unas caricaturas juzgadas blasfemas. ¿Por qué una caricatura produce este efecto? Una caricatura, aunque incluya un texto, no es un texto. Todo texto periodístico, especialmente los de opinión, tiene algo de pastoral. La caricatura no participa del estilo pastoral. La caricatura opera en cortocircuito, atraviesa los semblantes y atrapa un fragmento de ese real que los semblantes velan. Por eso, si bien la caricatura siempre va en contra de las buenas apariencias, no siempre nos hace reír. De hecho, los ilustradores más geniales siempre nos aproximan a lo siniestro como la única forma de atrapar algo de lo indecible. Cualquier musulmán (no solo los fundamentalistas islámicos) reacciona con profundo malestar ante cualquier manifestación irrespetuosa sobre el texto sagrado o el profeta. El texto sagrado en las otras religiones del libro es, al menos actualmente, fundamentalmente cosa del pensamiento. La ofensa y la profanación, en el discurso católico por ejemplo, produce rechazo intelectual y moral en los creyentes, y en muchos no creyentes, pero no toca el cuerpo de la misma manera que en el creyente musulmán. Algo que, en los casos más extremos, conduce del cuerpo tocado al cuerpo estallado, al cuerpo troceado, porque el exterminio de los blasfemos pasa por la inmolación. También, como en París, el autor de los ataques en Copenhage ha sobrevivido escasas horas a sus atentados. Frente a la angustia que produce ese horror, no deja de ser llamativo el retorno inconsciente al cristianismo que representó la portada del número de Charlie Hebdo posterior a la masacre. El semanario más irrespetuoso, en el momento más trágico, apela al perdón cristiano por las ofensas con una imagen del profeta que dice: «Todo está perdonado». El perdón de la ofensa haría a la ofensa relativa. Pero, como ha expresado recientemente el psicoanalista francés Jacques-Alain Miller: «Frente a lo absoluto, toda excepción es blasfemia». Frente a lo absoluto no cabe el perdón. Así se va de lo absoluto de la ofensa a lo absoluto de la respuesta. Respuesta frente a la que las democracias solo aciertan a oponer un número: la cantidad de manifestantes. La cantidad es una frágil barrera frente a lo absoluto.

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