El tiempo destemplado socialista


El Partido Socialista se desangra en un continuo juego de liderazgos, incapaz de articular un discurso cohesionado y consistente. Así ha venido siendo desde la retirada de Zapatero luego de aquel mayo del 2010, donde comenzó el descalabro del liderazgo social y el discurso socialista.

Fue insuficiente que Rubalcaba ganara la secretaría general a Carmen Chacón, con votos que pronto le retiraron su confianza y lealtad. Fue insuficiente el quiebro de Griñán retirándose al Senado para evitar mayores males con el caso de los ERE, ni el sacrifico de Pere Navarro en el PSC y el relevo dado por Iceta, para resistir el desgaste del trebón independentista de Mas con un discurso consistente. Y son insuficientes las primarias con la elección del nuevo secretario general, Pedro Sánchez. Al que abandonan lenta pero cuidadosamente todos cuantos desde las baronías o los aparatos lo ensalzaron.

Pedro Sánchez se va quedando solo. No es fácil, con la carga negativa que arrastran las políticas de los socialistas, la desafección que han provocado entre sus votantes, y la dificultad de escuchar su balbuceante discurso en medio de la profunda crisis, que un liderazgo recién llegado consiga imponer una voz coherente. Pero los movimientos constantes de quienes siguen siendo referentes del socialismo cuestionando ese liderazgo, llevan sin remedio a la catástrofe.

Dos hechos recientes evidencian lo que sucesivas declaraciones a media voz vienen anunciando: los movimientos electorales en Andalucía promovidos por la presidenta andaluza y la irrupción conjunta en la escena política de dos dirigentes del tiempo ido: Zapatero y Bono, dando carta de naturaleza institucional al principal partido opositor del proyecto socialista, Podemos, entrevistándose con sus dirigentes al margen de su secretario general.

Que la presidenta andaluza decida una estrategia de adelanto electoral no tendría mayor alcance que la de fortalecer su poder en Andalucía, si la interpretación de tal hecho no derivara en un paso previo para presentarse a las primarias socialistas para la presidencia del Gobierno de España. La entrevista con Pablo Iglesias y Errejón de los antiguos rivales socialistas deberían ser historias de normalidad donde viejos amigos de la familia promueven conocimientos mutuos.

Sucede sin embargo que ambos hechos se reconocen por la propia ejecutiva socialista y el todavía secretario general como síntomas de ruido en torno al liderazgo socialista. Hasta el extremo de que, para no dar más cuartos al pregonero, la ejecutiva y Pedro Sánchez se imponen el silencio.

Los socialistas tienen todo el derecho a preferir a unos u otros dirigentes. Pero no parece serio que quien pudo optar a ese liderazgo y no lo hizo, aparezca por decisión propia o por aclamación de otros, como asignatura pendiente para desenredar el marasmo que ellos mismos han contribuido a crear en su organización.

Yo prefiero atender el discurso de algunos socialistas silenciosos. Jáuregui o el asturiano Fernández, por ejemplo.

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