La gran fiesta de los chivos expiatorios


Recuerdo una frase de Manuel Fraga que refleja muy bien el sentimiento de falsa justicia que me produce el primer juicio del caso Gürtel. Sus palabras, de genuino estilo, eran un lavatorio de manos por la detención de Pablo Crespo, que, desde su puesto de secretario de organización del PP de Galicia, se había especializado en carrexar feixes de pasta negra. Y lo que dijo Fraga fue esto: «Cuando me enteré de lo que había hecho ese señor le di una patada en el culo». La pregunta obvia, la que haría cualquier juez en cualquier país del mundo, sería esta: ¿De qué se enteró usted, señor Fraga? Pero nadie estimó relevante esa fuente de información, y lo que entonces ya parecía un cordón profiláctico alrededor del PP, sirvió de experimento para lo que vino después.

Dentro de un siglo, cuando se haga una tesis doctoral sobre la Gürtel, un alumno aplicado escribirá esto: «Alguien, por algún motivo, y desde algún puesto de adecuado, dictó la terrible consigna de que el vértice de la pirámide delictiva quedaba establecido en Bárcenas, y que Bárcenas no era dirigente del PP, sino un meteorito que se desprendió del cometa Halley y convirtió al pobre PP -¡snif, snif!- en víctima de su ambición, sus fechorías y sus enjuagues». Y el tribunal -el de la tesis, se entiende-, calificará el trabajo con un sobresaliente cum laude.

Así se dictó, y así se hizo. Nadie llamó a la cúpula del PP a declarar. Nadie entró a la sede de Génova a buscar papeles. Nadie impidió ni castigó que el PP metiese los discos duros de sus ordenadores debajo de una apisonadora. Nadie se preguntó por qué los empresarios le dan pasta gansa a Bárcenas por nada y para nada. Y a nadie le va a sonar raro durante el juicio que, sobre una conspiración delictiva tan grande, ningún dirigente de la cúpula tenga nada que decir. Porque, aunque mucha gente cree que estamos ante una investigación aguerrida, yo creo que estamos ante una chuminada formal que solo va a servir para pasar página a base de degollar chivos expiatorios.

No tengo ninguna duda de que Correa, Crespo, Bárcenas, Sepúlveda y demás buitres merecen unos años a la sombra. Eso es obvio. Lo que no acepto es que en vez de hacerse un juicio a la financiación de los partidos, y a todos cuantos participaron en ella desde los dos lados de la red -en un procedimiento que debería aplicarse también al PSOE, CiU y otros lópeces-, se cierre con graves penas para los que se aprovecharon de las rebabas, mientras se deja intacta la base de poder de tan enorme estafa. Porque hay que reconocer que eso de los «participantes a título lucrativo» no suena -aquí- a figura penal, sino a portada de Charlie Hebdo. Y por eso, cuando escuche la sentencia final -dentro de uno o dos lustros-, diré como aquel gitano al que le querían vender la burra: «El que no te conozca, que te compre».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
83 votos

La gran fiesta de los chivos expiatorios