La crítica no es racismo y es necesaria


El 11 de septiembre del 2001, casi 3.000 personas murieron en Nueva York asesinadas por la organización terrorista islamista Al Qaida. Al día siguiente, el periódico español de mayor tirada tituló a cinco columnas: «El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush». En el antetítulo, en caracteres mucho más pequeños, se decía que «EE. UU. sufre el peor ataque de su historia». Y, ya en el subtítulo, con letra menuda: «Miles de muertos entre los escombros de las Torres». No fue el único diario europeo que ordenó la información de manera tan ilógica.

Trece años después, la historia se repite, aunque ahora la barbarie se produce en Europa. Cuatro terroristas asesinan en París a 17 personas al grito de «Alá es grande» y el debate que se abre no es el de la infiltración del islamismo violento en nuestras ciudades o el de cómo es posible que personas que nacen y viven en Europa sean adoctrinadas aquí para acabar asesinando en nombre del islam. No. El debate que acapara el análisis es el del auge de la islamofobia. De nuevo, la alerta ante las posibles represalias por el atentado prima sobre las críticas a sus autores y el análisis de sus causas.

Los propios terroristas claman que asesinan a sus víctimas para vengar las ofensas a Mahoma, pero los analistas nos insisten en que esto no tiene nada que ver con el islam. Por supuesto que tiene que ver con el islam, aunque eso no signifique en absoluto que los musulmanes sean responsables. Como no lo son los nacionalistas vascos de los crímenes que ETA comete para reivindicar la nación vasca que ellos llaman Euskal Herria. Pero claro que esos atentados tienen que ver con el nacionalismo vasco. Y tampoco son culpables los judíos de las barbaridades que ejecuta el Estado de Israel, aunque eso aliente una ola de antisemitismo que, esta sí, a nadie parece importarle.

Culpar a los musulmanes de las atrocidades cometidas en nombre del islam es estúpido. Pero la respuesta a las salvajadas que perpetra el terrorismo islamista no puede ser tampoco convertir al islam en una religión intocable. Mientras la intelectualidad europea, especialmente la de izquierda, critica de manera feroz, y en muchos casos con razón, el pensamiento reaccionario de la Iglesia católica, es difícil encontrar una voz que cuestione al islam, pese a que no respeta derechos establecidos en Occidente, entre otros los de las mujeres. Y, si surge alguna, es tachada de racista. El escritor francés Michel Houellebecq, un tipo siniestro, de opiniones discutibles y en algún caso despreciables, tiene razón, sin embargo, cuando afirma que la islamofobia no es racismo, porque la religión musulmana no es un atributo racial. No se entiende por qué la cristianofobia es progresista y la islamofobia, fascista. El islam debe cambiar algunos de sus valores. Solo a través de la crítica a los aspectos más intolerantes de cualquier religión se ha conseguido históricamente su moderación. Desde ese punto de vista, la crítica al islam no solo es lícita, sino necesaria. Con atentados o sin ellos.

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