Una muestra del terrorismo globalizado


Lo que acaba de ocurrir en Francia, por desgracia, no es un hecho aislado. Añade una muesca a las que han dejado el 11-S americano o el 11-M español, o los atentados suicidas de Londres en el 2005, por ceñirme a los que se perpetraron con una cobertura ideológica islamista. Puede encontrarse en ellos un denominador común que pretende, con diferentes matices, confrontar violentamente los pilares de la sociedad que, de un modo convencional, llamaríamos occidental. La demolición de las dos torres neoyorquinas constituyó un hito espectacular llevado a cabo con frialdad escalofriante por personas integradas en el mundo que se atacaba. La conmoción, que viví sobre el terreno, fue inconmensurable. Resultaba increíble para los estándares de seguridad americanos. Lo de ahora confirma que el terrorismo de esa índole se ha globalizado. Esta vez se pretendió atraer la atención sobre la libertad de expresión, característica de un sistema democrático.

Por todo ello resulta natural que haya suscitado repulsa y solidaridad, también con el policía asesinado, y que se ponga el acento en todas las medidas de prevención que los Estados de derecho tienen obligación de adoptar. El problema de fondo subsiste. De algún modo se ha querido ideologizar ese terrorismo como una moderna guerra «santa», una radical incompatibilidad con unas sociedades cuyos valores ridiculizan o menosprecian. En realidad, los fenómenos actuales revelan objetivos menos idealistas. La mismas declaraciones de los terroristas, unos que actuaban en nombre de Al Qaida y el último en el del Estado Islámico, permiten confirmar que existe entre ambos una especie de carrera de crueldad, atestiguada en fotos, y voluntad de exterminio, para mostrar quien es más aventajado.

La solución del que probablemente sea el principal problema de nuestra época, para conseguir una pacífica convivencia, ha de venir del mundo islámico. El occidental no ha de ponérselo difícil a la mayoría que no es partidaria del terrorismo. De entrada, será preciso no caer en la trampa de los terroristas de fomentar la islamofobia. En ese sentido, creo que no ha sido una medida inteligente del presidente francés no invitar al Frente Nacional a la manifestación convocada. Estos funestos sucesos requieren la unidad de quienes representan a los ciudadanos. Fue ejemplar en los EE. UU., no lo fue en España. No es momento para miserables cálculos electorales. En un Estado democrático no me parecen adecuadas manifestaciones publicadas de venganza para calificar el final de los terroristas. A una violencia criminal no ha de responderse ni siquiera con una violencia verbal; se estaría haciendo el juego a los que practican aquella. Ninguna muerte está justificada contra la libertad de expresión. Dentro de las libertades, también la religiosa, que en Estados islámicos no se reconoce. Convendría reflexionar sobre el límite, quizá no impuesto, de la de expresión. Puede dañar otros derechos también fundamentales.

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