La barbarie dentro de la civilización


Suelo explicar a mis alumnos que el artículo 24.2 de la Constitución expresa a la perfección la superioridad del Estado democrático de derecho sobre cualquiera de las formas políticas que han existido a lo largo la historia. Allí se reconoce el derecho al juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y asistencia de letrado, a ser informado de la acusación formulada contra uno, a un proceso público sin dilaciones indebidas, a utilizar los medios de prueba pertinentes para la defensa, a no declarar contra uno mismo, a no confesarse culpable y a la presunción de inocencia.

Los salvajes que anteayer asesinaron en París a doce personas -la mayoría periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo- y dejaron cuatro heridos de extrema gravedad, no reconocieron a sus víctimas ninguno de esos derechos: ellos acusaron, juzgaron y ejecutaron sumariamente la sentencia de muerte, convencidos de que su forma de entender el mundo les legítima para sacarse de delante, a tiro limpio, a quienes consideran adversarios religiosos o políticos. Como Hitler, como Stalin, como Pol Pot.

Por eso el islamismo radical es hoy la mayor amenaza que se cierne sobre la sociedad abierta que hemos ido construyendo, con gran esfuerzo y muchas luchas, desde el Siglo de las Luces. Nuestra historia, la de lo que solemos designar como Occidente, ha sido la de un avance, no lineal sino en dientes de sierra, hacia la libertad, la igualdad y el pluralismo, que son hoy ya un patrimonio universal. Tanto que hablar de choque de civilizaciones es en realidad una forma de pervertir la realidad, pues en el mundo no hay hoy más que una civilización: la que se basa en el reconocimiento y garantía de los derechos, la plena igualdad entre hombres y mujeres, la libertad religiosa, la aconfesionalidad de los Estados, el pluralismo político y dos libertades esenciales sin las que ninguna otra existiría: las de prensa y expresión.

No, no hay en el mundo dos civilizaciones, sino una -la que respeta todos los principios mencionados- enfrentada a la pura barbarie medieval, a la que volveríamos sin duda si quienes entraron armados de Kalashnikov en los locales del semanario satírico Charlie llegaran en el futuro a dominar el mundo como dominan algunos Estados hoy en día.

Refiriéndose a la insurrección de los campesinos galos contra la Revolución de 1848 habló Carlos Marx en La lucha de clases en Francia de «la barbarie dentro de la civilización». No encuentro mejor expresión para describir tanto el cruel atentado de París como el gravísimo peligro al que hoy nos enfrentamos. El primer paso para conjurarlo es ser conscientes de que, por torpeza, debilidad e ingenuidad, la barbarie se nos ha metido en casa. La de Charlie Hebdo ya jamás será la misma. Notre solidarité, notre amitié, chers compagnons.

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La barbarie dentro de la civilización