Aplazar el pesimismo


Contó el escritor uruguayo Eduardo Galeano que, cuando Colombia libraba una incierta y sangrienta batalla contra el narcotráfico, vio una pintada en Bogotá que decía: «Dejemos el pesimismo para tiempos mejores». Si esta frase podía sostenerse en aquel trance, creo que con mayor razón deberíamos pronunciarla ahora nosotros. Es cierto que el optimismo inconsistente anterior a la crisis nos dejó maltrechos, pero ya hemos aprendido que el mejor de los mundos posibles no existe (aunque, puestos a asustarnos, podemos temer que ni siquiera esto sea cierto y pueda sobrevenirnos un éxito inasumible). ¿Qué nos queda entonces? Eso: dejar el pesimismo para tiempos mejores.

Si consultan en Internet, comprobarán que el optimismo siempre ha gozado de mala prensa. Como tituló un concursante en una revista estadounidense: «¿Qué se puede esperar de un día que comienza con tener que levantarse?». Lean a Mark Twain, a Joseph Conrad, a Herbert Frankel, a Woody Allen, y lo entenderán. No parece muy inteligente hablar bien de un lío existencial del que nadie sale con vida. Sin embargo, ahí están los manuales de autoayuda para explicarnos cómo sacar el mejor partido de sentirse derrotado. Se trata de convertir en constructiva la depresión, o algo así. Pero yo sigo creyendo que es más práctico aplazar el pesimismo a tiempos mejores, cuando el optimismo vuelva a ser nuevamente un peligro. Se trata solo de demorar las amargas conclusiones a las que nos lleva la realidad actual. Porque cuando todo esto haya pasado -y acabará pasando- necesitaremos otra vez ponernos a salvo del optimismo ciclotímico que lleva a perder el norte, gastar lo que no se tiene y evitar todo sacrificio personal.

Sé que este no es un artículo político ni económico de esos que ahora tanto se estilan. No se preocupen, Volveré enseguida a ese buen camino por el que tantos sabios transitan a ciegas. La culpa de mi extravío la tuvo la frase feliz recuperada por Eduardo Galeano, que me pareció llena de humor y de talento, y muy apropiada para estos días de Navidad.

Al leerla, como si hubiese oído un cornetín de llamada, corrí a escribir estas líneas, que no son de política ni de economía, pero que hablan de todos nosotros. Creo.

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