El sueño cumplido de Raulín Angulo


Cuando toque hacer la lista de personajes inolvidables que cada uno nos llevaremos a la isla desierta, en la mía estará sin duda Raulín Angulo. Lo conocí hace 10 años en Fort Lauderdale, al norte de Miami. John Kerry, que hacía campaña para evitar la reelección de Bush hijo, llegaba aquella mañana a Florida para dar un mitin y en la lista de medios acreditados no figuraba un joven periodista gallego. Me veía en la calle cuando un voluntario del comité local del Partido Demócrata se me acercó, y con vozarrón rotundo y dulzón acento cubano, pronunció una frase milagrosa que abrió todas las puertas: «¿La Voz de Galicia? Mi papá era de La Coruña», y me abrazó como si fuéramos de la familia.

Lo que vino después de aquella mañana, una vez que Raulín, Kerry y yo rematamos los trabajos que nos habían llevado allí, fueron tres días inolvidables en los que mi nuevo amigo gallego y su señora, Elvira, se convirtieron en los mejores anfitriones posibles en un planeta, el de los cubanos de Miami, demasiado complejo y demasiado lejano como para ser comprendido en un viaje fugaz.

Raulín, que presumía de ser el único ciudadano estadounidense con ese nombre («me lo pusieron los gallegos en La Habana siendo niño, y así quedó en el pasaporte al llegar acá»), salió de Cuba con 17 años, en 1962, cuando se recrudeció el embargo. En la despedida, su padre pronosticó que el viaje duraría un par de meses: «Fidel está a punto de caer». Nunca lo volvió a ver. La vida lo llevó a Chicago, donde se reunió años después con su madre, que salió por México. Donde conoció a Elvira, a la que hizo llorar en la primera cita: «Desengáñate, Fidel no va a caer». Y donde se inició en el sindicalismo y en la militancia en el Partido Demócrata. Trabajó en la Bell Telephone Company, fundada por Alexander Graham Bell. Fue trasladado a Virginia, donde crió tres hijos y tuvo varios nietos. Y en el otoño de la vida quiso regresar a casa o, al menos, lo más cerca que pudo. «Moriría por este país, pero no me he americanizado nada. Florida es el país latinoamericano más próximo a EE.UU.».

Hubo millones de frases ingeniosas durante aquel viaje de tres días. Paseamos por la calle Ocho, fuimos juntos a visitar la casa de Eliancito, el niño balsero. Comentamos, divertidos, la pastoral que el obispo de Miami había leído aquel domingo en la Ermita de la Caridad del Cobre, la catedral de los cubanos: «El martes se puede votar a cualquiera, que para eso hemos venido a un país con democracia. Pero quien vote por Kerry que venga al día siguiente a confesarse, pues lo estará haciendo por el asesinato de niños inocentes...». Comimos arroz con pollo en el Café Versailles, parlamento oficioso de los cubanos en el exilio, donde debatimos ferozmente durante horas. Dagoberto Avilés, 70 años, veterano de Cochinos, me confesó al oído un scoop de talla mundial: «Dirá usted que este viejo cubano está loco, pero hágame caso. Fidel no celebra el próximo 26 de julio. Y no porque se muera, que está muy jodido. Habrá sorpresas muy pronto, va a explotar todo». Unos días después, ya en otro hotel de otra ciudad, vi por televisión a Castro tropezar y caer al suelo. Y me acordé de Dagoberto.

A Raulín le dolía Cuba en el corazón, pero le preocupaban más los asuntos domésticos, como el paro, las diferencias entre pobres y ricos, el salario mínimo, la tarjeta sanitaria, o que acabara cuanto antes la guerra de Irak para que no tuvieran que ir sus nietos americanos. Los cubanos, casi todos republicanos, a los que Raulín se refería en tercera persona, «son gente muy mayor, que ha consagrado su vida a una causa y ven cómo la vida se les acaba sin llegar a la meta». «No se puede vivir cuarenta años en el exilio», opinaba. Pero se le iluminaban los ojos pequeñitos ante la pregunta de si querría volver a la isla bonita, aunque solo fuera una vez.

Volví a hablar con él una semana después, tras la derrota de Kerry. Estaba hundido. Lo animaba la idea con recuperar terreno perdido en las legislativas que se celebrarían dos años después. El futuro de este país, me dijo, es negro y se llama Barack Obama.

He vuelto a llamar a Raulín esta semana. 52 años fuera de Cuba. Más de cuarenta al lado de Elvira. Varios nietos que, por suerte, no tuvieron que ir a Irak. Uno es guionista de series de comedia en Time Warner. Otro está becado para ser profesional de fútbol americano. La mayor, 26 años, profesional de la publicidad, se casa en mayo. Ahora ya admite que está muy ilusionado con la idea de regresar a La Habana con Elvira. Y pasear juntos allí por primera vez. En el último medio siglo Raulín nunca ha tenido el malecón tan cerca.

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