Canción de Adviento


Es la banda sonora de la cristiandad, una balada que suena los días del solsticio de invierno desde hace veinte siglos. En la antigüedad en Asiria, en Bagdad, por Palestina, el cielo en la noche contaba historias de sucesos venideros, narraba la sequía o el aguacero que inundaría los campos, el calor del estío o la fertilidad de las naciones. Quienes lo interpretaban eran sabios astrónomos que se conocían como estrelleros y que dibujaban en su mirada el gran atlas, el mapa del firmamento.

Y las estrellas les contaron que más allá del desierto, cuando la noche se hace heladora y el frío silba melodías del viento, una luz poderosa y refulgente colgada del telón entreabierto de las nubes anunciaba el nacimiento de un Niño que iba a cambiar la historia.

Todos los estrelleros que habían cumplido cincuenta años escrutando el cielo y escribiendo en arena el nombre de las estrellas y su censo de guiños fugaces fueron convocados por un ángel para testificar en el libro de todos los tiempos semejante prodigio Y le contaron a un grupo de pastores, acampados a una milla de la aldea conocida como Belén, que en una casa derruida, según se llega al pueblo en el camino que conduce al castillo, estaba naciendo el hijo de María, que llevaría por nombre Jesús.

El grupo de pastores, que apacentaban un rebaño de medio centenar de cabras y dieciocho docenas de ovejas de albo color junto a docena y media de negros corderos, y tenían por nombres los de Jezel, Jezael, Jael, y Joel, se acercaron al portal de Belén en el primer caserío abandonado y semiderruido que está, según se mira a la derecha, en el camino que lleva al castillo, y arrodillándose le entregaron a los padres del niño un cordero recién nacido. Como el bebé estaba llorando, provocó en el lechal lastimeros balidos, que cesaron al igual que el llanto en el momento de acercar el pequeño cordero al pesebre que era la cuna del niño Jesús.

Por todo el desierto caminó la noticia, que era contada a todas las tribus, a los pastores y a los habitantes de todas las tierras conocidas, porque aquella noche los ángeles escribieron la buena nueva en las pancartas del cielo. Y aquel día nació para siempre la canción del Adviento, que se interpreta como un murmullo melódico en todos los pueblos de la tierra.

Y vuelve a ser Navidad, y yo escribo la postal amable con la caligrafía de un deseo antiguo, casi una súplica para que se establezca un himno de gloria a Dios en los cielos y en la tierra prendan con fuerza las raíces de la paz perdurable para los hombres de buena voluntad, y que por siempre se destierre el mal en todo el orbe. Este deseo inabarcable, esta utopía realizable, es mi humilde regalo al que añado otro de feliz Navidad.

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