Punto final a la doctrina del patio trasero


El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre EE.UU. y Cuba supone enterrar el último vestigio de la doctrina Monroe, que desde principios del siglo XIX inspiró una práctica colonial de Estados Unidos: consideraban América del Sur como su «patio trasero» y se otorgaban derecho unilateral para actuar en cualquier país para defender sus intereses y los de sus empresas. El golpe militar en 1973 contra Allende en Chile organizado por la CIA, el apoyo político, económico y militar a la reacción contra el Gobierno sandinista de Nicaragua en los años ochenta o directamente la invasión en 1983 por tropas norteamericanas de la pequeña isla caribeña de Granada para acabar con un Gobierno acusado de marxista, son ejemplos más que evidentes de esa práctica imperialista. El resultado fue dramático: la geografía política de América Latina se llenó de feroces dictaduras militares que contaron siempre con el apoyo de EE.UU.

Pero esos tiempos tenebrosos felizmente ya se terminaron y hoy, en prácticamente todos los países de área, no solo rigen sistemas democráticos, sino que, además, son amplísima mayoría los gobiernos que se referencian de la izquierda. Desde el Chile de Bachelet al Brasil de Dilma Roussef, pasando por Ecuador, Bolivia, Uruguay o Nicaragua. Estas son las nuevas coordenadas del mapa político latinoamericano: democracias y gobiernos que ya no son títeres de las oligarquías y las clases dominantes.

En este escenario nuevo, pero ya consolidado, la política agresiva contra Cuba y el embargo económico, que tanto daño le hace a la vida de la gente en la isla, están fuera de tiempo y de lugar: son una reliquia del pasado, un anacronismo histórico. El mundo ha cambiado mucho desde la crisis de los misiles de 1962. Sin el bloque soviético enfrente, EE.UU. ha tenido que aceptar la nueva realidad económica, social y política de sus vecinos del sur.

Los nuevos equilibrios internacionales, con un papel creciente de China no como potencia militar, sino como potencia económica que la hace segundo inversor en América Latina, están detrás del abandono de un modelo de intervencionismo tosco. Los intereses económicos de los norteamericanos, empezando por sus empresas, ya se defienden de otra forma. Ya no estamos en los tiempos de las repúblicas bananeras al servicio de la United Fruit Company, sino de Google.

Una nueva situación también para Cuba, porque el bloqueo ha sido, sin duda, una causa determinante de los males de su economía y del sufrimiento de los cubanos, pero también una de las razones utilizadas por el Gobierno para no avanzar de forma decidida en el reconocimiento de todas las libertades democráticas y para justificar las malas condiciones de vida de la mayoría de la gente en la isla.

Si Obama consigue doblarle el brazo a los conservadores republicanos -que van a estar jaleados por la parte más reaccionaria de la comunidad cubana de Miami- y logra acabar con el bloqueo, el Gobierno cubano tendrá la obligación de avanzar de forma decidida hacia una democracia plena con el reconocimiento de todas las libertades individuales y colectivas. Como han demostrado Lula, Correa o Evo Morales, ahora la democracia es posible en América Latina, sin renunciar a defender los intereses de las clases desfavorecidas y con el objetivo real de poner la acción del Gobierno para mejorar las condiciones de vida de la gente.

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