¿Por qué descienden los gallegohablantes?


«Hable bien. Sea Patriota. No sea Bárbaro. Es de cumplido caballero que Usted hable nuestro idioma oficial, o sea, el castellano. Es ser patriota. Viva España y la disciplina y nuestro idioma cervantino ¡¡Arriba España!!». Este texto, salido de la Imprenta Sindical coruñesa en 1955 en forma de hoja volandera, da idea cabal de la cruel y estúpida enemiga, entonces dominante en los ambientes oficiales, contra las otras lenguas españolas. Y es que no ha habido régimen o movimiento autoritario que no haya aspirado a acabar con la pluralidad lingüística en su propio territorio.

De hecho, la idea de que es legítimo hacer hablantes a la fuerza se ha contagiado a los sistemas democráticos, como acaba de mostrar esa descabellada idea de la CSU, el partido bávaro coaligado con la CDU de Angela Merkel, que planteó que los inmigrantes debían hablar alemán ¡en sus propias casas! Rechazada la ocurrencia de inmediato, los socialdemócratas la denunciaron proclamando que sería «como para morirse de la risa si no fuera por lo peligrosa que es». ¡Gran verdad! Es una desgracia que cosas igual de peligrosas -por ejemplo, obligar a los escolares de Cataluña a hablar catalán en el recreo- hayan pasado por aquí sin que se levantaran otras voces que las habituales, descalificadas con dureza como enemigas de la lengua catalana.

Hace pocos días hemos conocido la última encuesta sobre conocimiento y uso del gallego elaborada por el Instituto Galego de Estatística que constata lo que cualquiera puede percibir a poco que conozca este país: que el castellano gana hablantes de forma progresiva y el gallego los pierde en la misma proporción. El gallego es, de hecho, un idioma que envejece poco a poco, mientras el uso del castellano aumenta entre los jóvenes: solo uno de cada cuatro menores de 15 años habla gallego.

En cuanto los datos salieron a la luz, quienes llevan décadas demostrando no entender nada de lo que ocurre en Galicia con sus lenguas, se lanzaron en tromba contra la Xunta, a la que calificaron de directa y única responsable de esa evolución. Tal explicación se compadece mal, sin embargo, con dos hechos evidentes: que nunca, como en las tres últimas décadas, el gallego ha tenido tantos apoyos de todo tipo a favor de su mantenimiento y expansión; y que el acoso al gallego durante el franquismo no logró lo que está consiguiendo la demografía: reducir su número de hablantes a medida que van desapareciendo los grupos de edad donde su dominio es absoluto.

La gran cuestión consiste por ello en explicar por qué la única generación de jóvenes que ha sido coeducada en lengua gallega es la que menos lo utiliza. Y qué medidas cabe proponer para corregir esa deriva que sean compatibles con la libertad individual, es decir, con el derecho de cada uno a hablar la lengua que desee.

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