Cervantes versus Pérez Reverte


Cuando en 1614 Avellaneda publicó su Quijote, ya habían pasado nueve años desde la salida de la primera parte del de Cervantes, que se llevó un gran disgusto y precipitó la publicación de la segunda, para ajustarle las cuentas al impostor y poder así morir en paz. De ambas ediciones se cumple ahora y el año que entra el cuarto centenario. Pues bien, para celebrarlo, la Real Academia Española, en complicidad con el académico que sienta sus posaderas en el sillón T -el mismo que no llegó a usar Unamuno- nos regala ahora una tropelía similar: la edición de una versión popular adaptada de la obra, en la que según ellos se ha eliminado lo accesorio.

Es decir, con gran atrevimiento y descaro le han enmendado la plana a Cervantes, que no se puede defender, modificando una novela según su propio criterio, contraviniendo lo recogido por la Ley de Propiedad Intelectual, que prohíbe expresamente alterar la integridad de las obras sin permiso de su autor, aun cuando, como en este caso, sean de dominio público.

El Quijote es una obra compleja porque es imperfecta, desordenada, trapalleira. Allí hay metidos con calzador episodios y relatos ajenos al hilo, pero también es eso lo que la hace fascinante. El curioso impertinente o Cardenio y Dorotea también son El Quijote. ¿Y qué vendrá después? Me imagino que la Ilíada, el Ulises, La montaña mágica y Bajo el volcán, para llegar -colmo de los colmos- a hacer versiones escolares de las novelas del capitán Alatriste. Y por ahí sí que no paso.

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