El misterio de por qué se llega a ser ministro


Tras la dimisión de la ministra de Sanidad, lo verdaderamente pertinente no es explicar por qué Ana Mato ha salido del Gobierno sino cómo alguien con su inane trayectoria ha llegado a formar parte de un órgano, el Consejo de Ministros, en el que se sientan poco más de una docena de personas con la misión de dirigir los destinos del, que por muchas y muy variadas razones, es hoy uno de los países más importantes del planeta. «Ahí le ha dao», que diría el inmenso Pepe Isbert en Bienvenido, Míster Marshall.

Si, «ahí le ha dado», porque la razón que lleva a los presidentes del Gobierno a nombrar a alguien ministro es un misterio insondable, que no puede ser desvelado por la ciencia política, sino por la psicopatología. Veamos.

En España viven cuarenta y ocho millones de personas: quitemos a los menores de edad, a los que por no ser españoles no pueden ocupar un ministerio, a los militantes de partidos diferentes al que forma ejecutivo, a los independentistas que despreciarían ser ministros del «Estado español», a los cómodos que no quieren complicarse la vida, a los que perderían dinero yéndose al Gobierno, a los que tienen por profesión la mala vida, a los legalmente incapacitados y a los que no saben hacer la o con un canuto y así, a ojo de buen cubero, y aún poniéndonos estrechos, nos quedarían digamos que entre veinte y veinticinco millones de personas.

¿Es posible que entre tanta gente no hubiera sido posible encontrar un español o una española que pudiera haber hecho como ministro de Sanidad mejor papel que el bochornoso que ha perpetrado Ana Mato desde el infausto día en que fue nombrada para el cargo? ¿No cabía designar entre tantísima gente a un hombre o a una mujer que, además de saber algo del asunto del ministerio que va a desempeñar, estuviera libre de las evidentes hipotecas personales y familiares que acompañaban a Ana Mato y que han precipitado al fin una fácilmente previsible salida del Gobierno?

Dejémonos de historias: más allá de la causa que ha dado lugar a la dimisión de la ministra -otro episodio vinculado con la corrupción, que se une a la que parece, cada vez más, una historia interminable-, lo cierto es que el caso de Ana Mato muestra de nuevo algo por desgracia ya archiconocido: que pudiendo nombrar a cientos de miles de personas que harían un papel digno como ministros y que no pondrían a quien los designa en el papelón en que ahora por su mala cabeza está Rajoy, los presidentes prefieren elegir a sus amigos -sí, así dicho claramente-, a personas cuya única ventaja conocida es la ciega fidelidad o a aquellos que entran en el Gobierno como premio en pago de una deuda. Hay muchas razones para nombrar a un ministro, pero las tres mencionadas son sin duda las peores. Rajoy, que ya debía de saberlo, al parecer no lo sabía.

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