Ana Mato pone fin a su contumaz resistencia


Es posible que Ana Mato no sea una delincuente, y que sus relaciones indirectas con la Gürtel solo permitan definirla como «partícipe a título lucrativo» de las andanzas de su marido. También es posible que jamás le interesase saber cómo se pagaban sus viajes, sus fiestas, o los tres coches de lujo -un BMW 523 I, un Jaguar S-Type, y un Grand Cherokee- que costaron 217.298 euros. E incluso se puede entender que la mencionada señora Mato solo sea responsable civil -sin más obligación que devolver el dinero- de las rebabas que generaron, sin que ella percibiese el olor a chamusquina, los cohechos de su marido. Todo eso es posible, pero carecía de importancia. Porque lo único que nos preguntábamos los ciudadanos, en pura clave política, era por qué la señora Mato se negaba a reconocer que su presencia en el Gobierno era un escándalo, y por qué prolongó tanto el castigo que supuso para el PP su contumaz resistencia.

Ana Mato es una gestora mediocre, una dirigente sin carisma, y una persona que está negada para explicar sus obras y milagros en el complejo contexto de nuestra democracia parlamentaria. Su presencia en el Gobierno era tan absurda que, aunque de verdad fuese tan virtuosa e inocente como «doña Inés del alma mía» -la del Tenorio-, no estaba capacitada para hacer nada loable y coherente que no fuese esta dimisión -tardía y obligada- con la que puso ruin final a su calvario. Sin méritos para ello, quiso presentarse como la clave de bóveda -imprescindible y esencial- del Gobierno de Rajoy, y por eso acabó haciendo de forma miserable lo que pudo hacer honrosamente y a lo grande.

El diccionario de la RAE define la contumacia como el tenaz mantenimiento de un error. Y tan cierta resulta la forma brutal con la que he titulado este artículo, que bien puede decirse que Ana Mato había dejado de ser una inagotable fuente de errores y sobresaltos, para constituirse el error de carne y hueso que condenó a Rajoy a la incoherencia, que sirvió de dedo acusador contra los graves casos de corrupción que el PP tiene que explicar y hacerse perdonar, y que degradó al nivel de pura artimaña los cambios regenerativos y estéticos que tantas veces nos prometieron.

La presencia de Mato en el Gobierno era un insulto a la inteligencia y a la honradez política de los ciudadanos. Porque, aunque fuimos muchos los que tratamos de intuir y comprender las razones personales que frenaron el lógico cese con el que el presidente debió fulminarla, nada puede explicar la contumaz resistencia desplegada por Mato para arrastrar en su caída una parte importante de las expectativas que el Gobierno y el PP quisieron generar a cambio de su colosal desgaste personal, electoral y político. Por eso no puedo ser solidario con Ana Mato. Y por eso espero que, hablando solo en términos políticos, descanse en paz.

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