Pablo: «Él salvará a su pueblo de sus pecados»


Mientras los partidos tradicionales -que no son solo los dos grandes, aunque los pequeños se lo crean- se destrozan entre sí a cuenta de quien tiene más corruptos en sus filas, Pablo Iglesias inicia el camino hacia la redención moral de España. De hecho, sus seguidores, que lo aclaman con un furor más religioso que político, podrían decir de Iglesias lo que anota san Mateo al describir la genealogía de Jesús: «Pues él salvará a su pueblo de sus pecados» (1, 21).

Para eso ha venido Pablo, cuya imagen, cuidada con primor por quienes prueban conocer muy bien nuestra encrucijada, se acerca más a la de un profeta que a la de esos líderes de la casta que ya no saben cómo dirigirse a su parroquia. En un casting para interpretar al Redentor, Iglesias, con su estudiada imagen de dolor (¡él sufre, claro, por su pueblo!) ganaría por la mano a sus competidores. Y es que, al contrario que ellos, Iglesias no quiere ganar las elecciones para hacerse con el poder (¡él desprecia el poder!) sino para expulsar a los mercaderes del templo: él es el látigo justiciero de quien llega, ¡ay!, para salvarnos y no para gobernarnos.

Claro que toda esta especie de liturgia religiosa, que se agazapa bajo la apariencia de un laicismo militante, resulta un monumental montaje que esconde en realidad no solo un peligrosísimo desprecio por las formas y procedimientos democráticos («El cielo no se alcanza por consenso, se toma por asalto»: fíjense que Iglesias no habla del poder sino ¡del cielo!), sino una descarada operación de márketing político que tiene de sincera lo que yo de cardenal.

¿O no es verdad que Podemos ha pasado de presentarse como un partido bolivariano -lo que explica que los sondeos del CIS solo sitúen a su izquierda a EH Bildu- a hacerlo como una fuerza que no quiere definirse como de izquierdas o derechas, con todo lo que eso significa? La metamorfosis parece fácil de explicar: Podemos salió al ruedo con el objetivo de hacerse un hueco arrebatando votos al PSOE y a IU, pero se encontró de pronto con que la corrupción y la supina torpeza de los partidos para enfrentarla de forma coherente le otorgaban la posibilidad de intentar un salto de gigante. Las europeas demostraron que ese objetivo no era una quimera y, de la noche a la mañana, Podemos dejó de ser un partido ideológico de la izquierda antisistema para convertirse en una fuerza atrapalotodo que aspira a competir también con la derecha.

No seré yo quien lo critique por hacer lo que hacen todos -tratar de camelarse al elector-, pero lo menos que cabe pedirle a Podemos tras su caída del caballo camino de Damasco (es decir, tras la conversión de Pablo) es que nos den una idea del programa que aplicarían si llegasen al Gobierno y de con qué aliados pretenden alcanzarlo. Vamos, que nos expliquen cómo quieren redimirnos.

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