Para tener razón no hace falta hablar mucho

OPINIÓN

13 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Mariano Rajoy no ha hablado mucho, ni con perspicacia, sobre el enmarañado problema catalán. Pero hay que reconocerle que todo lo que dijo suena a firme y realista, y que todo lo que dicen los demás suena a boutade, oportunismo, confusión o chalaneo. Y por eso lleva trazas -gracias a Dios- de ganar esta partida, aunque nadie se lo va a reconocer hasta que pasen diez años. También hay que decir, porque es justo, que Rajoy no está más acertado que los tertulianos, los nacionalistas o el pueblo llano por ser el más listo, sino por hablar desde el contexto de lealtad y responsabilidad al que obliga la presidencia del Gobierno, y por no salirse del método de comunicación que prefiere que el presidente se quede corto y enfade a la prensa antes que competir en ocurrencias o disparates con los tertulianos, profesores, políticos acomplejados y demagogos que pululan por ahí.

Lo que viene diciendo Rajoy es que no cree que el futuro de Cataluña dependa de convertirse en Estado independiente; que no ve a la gente tan obsesionada con la secesión como las élites catalanas nos quieren hacer creer; que la realidad histórica y constitucional de España no está al albur de un movimiento político oportunista, ni del cabreo entendible de una generación en crisis, ni de un acuerdo territorial unilateral que nos abra a todos la puerta del infierno. También dice que el insolente discurso de los nacionalistas vascos y catalanes, cuya situación privilegiada les permite pasar toda la crisis inventando problemas y recreándose en su megalomanía, empieza a sonar a monserga reivindicativa de pasta gansa y privilegios; que una España dividida en tres -Euskadi, Cataluña y «El Resto»- no sería mejor ni más libre que la que ahora tenemos; y que en ningún caso cree en un federalismo asimétrico, pactado con los más ríspidos y votado, a la voz de «ar». por todos los demás. Y lamento decirles que yo, si tuviese que quedarme con solo uno de los mil discursos que inundan España, me quedaría con este.

Claro que podríamos añadirle cuatro cositas que yo propongo por mi cuenta. Que los políticos que se creen capaces de satisfacer todas las reivindicaciones, cualesquiera que sean, no son fiables ni inteligentes. Que un diálogo iniciado sin marcos, límites y condiciones, como algunos parecen proponer, puede estropear mucho más de lo que arregla. Que el hecho de hablar, por más y más que se prolongue, no puede convertir en racional lo que es irracional. Y que la mayor virtud del diálogo -que no es el acierto, sino el consenso- no siempre se resuelve en acuerdos positivos, ya que gran parte de las catástrofes sufridas por la humanidad se iniciaron por consenso y por olvidar la sagrada partícula del no. De lo que deduzco que Mariano puede ser -¡porque no es tan difícil!- el mejor político en activo de toda España.