Maremágnum catalán


Muchedumbre confusa de personas o cosas. Así lo perciben los españoles que viven en Cataluña. Así -cosas- se sienten los miembros de mi entorno familiar y social, algunos de ellos muy vinculados a esta Galicia del norte, residentes en Barcelona, ante el contencioso Estado-Generalitat. Así de confusos estamos los que hemos vivido una situación similar -derecho a decidir- en Euskadi. Así seguirá, o peor, el ambiente a partir de la nueva Diada, entre fracaso gubernamental, sentimiento independentista, colisión entre los que se consideran administradores o depositarios de los conceptos: democracia y libertad.

Por mucho menos al lendakari Ibarretxe se le advirtió de las consecuencias personales que tendría la convocatoria de un referendo en Euskadi. Por mucho menos se inhabilitó al presidente del Parlamento de Vitoria, Atuxa, por desobedecer las disposiciones del TC. Y sin embargo, el honorable Mas ha ido mucho más lejos en su empeño secesionista, con burdos trucos para estar, y no ser, el sujeto que ha puesto las urnas de una consulta para declarar la independencia de Cataluña.

El problema cada día se hace más grande. Las instituciones catalanas han trasladado a organizaciones ciudadanas, pagadas con fondos públicos, la lucha por la segregación de la región catalana de la nación española. La sociedad catalana, a estas alturas, no podía tener muy claro qué es lo que se ventilaba ayer en las urnas de cartón: si el derecho a la independencia o el derecho a votar, como instrumento necesario en su concepto de libertad y democracia. Muchos españoles con residencia en Cataluña a partir de ahora tienen otra razón más para vivir angustiados e instalados en el principio de incertidumbre total: económico, social, cultural.

La marca España, entre la corrupción que no cesa y el contencioso de Cataluña, resulta algo difícil de vender en los mercados. Y de esto no pueden echarle la culpa a Podemos.

En todo caso habrá que preguntar en la sede del PP y del PSOE por qué han dejado que el maremágnum llegase tan lejos. Dijo Einstein: «La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa». Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

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