Retrato del patriota suicida


Mientras el Consejo de Ministros acordaba impugnar el fraude de ley que cometerá el Gobierno catalán el próximo día 9, el CEO, instituto de opinión pública oficial de Cataluña, descubría la intención de voto en esa comunidad. Y su más importante mensaje es toda una lección de cómo un gobernante puede regalar el poder a su principal adversario. En este caso, cómo Artur Mas le regala los votos y el Gobierno a su contrincante Oriol Junqueras. El señor Junqueras no necesita hacer nada, gestionar nada, mostrar nada de su pensamiento más allá de la independencia, que el señor Mas se lo regala todo.

Números cantan. En el año 2010, Convergència i Unió, la coalición de Mas, tenía 62 escaños en el Parlamento catalán. Dos años después, adelantó las elecciones autonómicas y los ciudadanos le hicieron un corte de mangas: le quitaron 12 diputados y se quedó en 50. No es mala marca perder el 20 por ciento en dos años: supone una pérdida del uno por ciento por mes de gobernación. No le quedó más remedio que ponerse en brazos de Esquerra Republicana, que se dedicó a vivir de sus pechos, en un insólito espectáculo de ser al mismo tiempo líder de la oposición y sostén del Gobierno. En esta Cataluña de Mas todo es posible.

Aún así, don Artur no podía prescindir de su ambición de salvador de la Cataluña libre y soberana, se aferró a su empeño de convertirse en el mesías catalán y otros dos años después de perder esos 12 escaños, la encuesta oficial que comento le quita otros 17 o 18. De los 50 que le quedan, ahora se le otorgan entre 32 y 33. Tampoco es mala marca: en cuatro años, la fuerza electoral de CiU se reduce a la mitad, punto arriba o punto abajo. Y encima, deja que Esquerra le pase por delante, pierde las elecciones, sitúa a Junqueras en la senda de la presidencia y puede rematar el cuadro con una ruptura con Unió Democràtica de Catalunya, algo de lo que viene sugiriendo Duran i Lleida.

No cabe camino más directo hacia el desastre electoral. No se entiende cómo Convergència, que tanto poder acumuló, no se rebela contra este señor que lo destruye ante los ojos de todos los ciudadanos. Y no se entiende cómo él mismo no percibe este desastre, a medio camino entre la ruina partidaria y el suicidio personal. Y encima quiere pasar a la historia como el estadista que construyó el nuevo Estado, el «nou país», que dicen los carteles del 9-N, y encabezar la lista de las plebiscitarias, y que Convergència se llame el «Partit del President».

No le dejarán tanta gloria. Junqueras no irá de segundón en la lista de un perdedor. Eso sí, para la unidad de España sería magnífico. Tal como Mas espanta a sus votantes, incluso se podría producir lo metafísicamente imposible: que en Cataluña gane el Partido Popular.

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