El nacionalismo catalán consuma su fracaso


Alguien escribirá algún día la historia de cómo el nacionalismo catalán consiguió convertir lo que era el indudable motor económico de España, un puntal industrial lleno de futuro, lo más parecido a Europa que había en la península ibérica y una referencia cultural a escala mundial, en una tierra económicamente subsidiada por el resto de España, políticamente desprestigiada ante el mundo hasta niveles inimaginables, carente del mínimo crédito en los mercados financieros, ridiculizada en el extranjero por la extravagancia de las propuestas políticas de sus gobernantes, más propias de otros entornos económicamente deprimidos y políticamente inestables que de la aburridamente democrática Unión Europea, y con una ciudadanía divida como no lo ha estado nunca. Y todo eso, en apenas 35 años.

Sin entrar a valorar si existe o no alguna justificación histórica para que Cataluña reivindique la independencia o para que enarbole el conocido discurso del «España nos roba», lo que ni el más recalcitrante de los independentistas puede negar es que Cataluña ha ido ganando año a año desde la restauración de la democracia mayores cuotas de autogobierno, hasta el punto de convertirse en el territorio que forma parte de un Estado con mayor autonomía política y fiscal de todo el mundo, junto con el País Vasco. Y la pregunta clave es: ¿ha servido ese mayor nivel de autogobierno para elevar la prosperidad de Cataluña respecto al resto de España, su pujanza económica y su prestigio en el mundo? La cuestión no solo merece un rotundo no como respuesta, sino que exige la puntualización de que ha sucedido exactamente todo lo contrario.

La conclusión no es, sin embargo, que a más autogobierno, mayor pobreza para Cataluña, sino que este territorio ha padecido en los últimos años a los peores dirigentes políticos que han existido en España, que ya es decir. A los más incompetentes, a los más derrochadores y, ahora lo sabemos también, tan corruptos o más que otros, lo cual es harto difícil, viendo noticas como la macrorredada de ayer. Teniéndolo todo a su favor política y económicamente, han dejado a Cataluña en el abismo financiero, peligrosamente enfrentada al resto de España y cuestionada por la Unión Europea. De ese descenso a los infiernos tiene su cuota de responsabilidad una buena parte de la izquierda catalana, que prefirió sumarse al fácil discurso nacionalista y antiespañol que defender a la clase trabajadora y pedir responsabilidades a una oligarquía nacionalista que, parapetada en el odio a lo español, mantiene durante décadas todos los resortes del poder y del dinero en esa tierra.

El esperpento que Artur Mas pretende celebrar el 9 de noviembre no es sino la coda a una larga carrera de despropósitos políticos y económicos por los que alguien deberá responder algún día. Sería deseable que, si la astracanada resulta inevitable, marcara al menos el punto más bajo de la historia reciente de Cataluña para que sus ciudadanos puedan regresar al lugar que se merecen.

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