Después del latrocinio, las mentiras


Ha comenzado el desfile. Tres de los peces gordos de la historia reciente de Caja Madrid comparecieron en la Audiencia Nacional como imputados. Me acerqué a ver el espectáculo de la calle, y allí estaban los preferentistas estafados con sus gritos de «cabrones» y otros algo peores, la foto de Blesa en los carteles, muchos guardias y mucho ruido de sirenas. Al lado, en la Feria del Libro Antiguo del Paseo de Recoletos, no había clientes ni curiosos mirando las valiosas ediciones. Ningún viandante sentía curiosidad por los libros. Los que usaron la tarjeta negra, tampoco: hicieron gastos de todo tipo, desde fastuosas Nocheviejas hasta mínimos pagos de peajes de autopista. Entre tantos miles de cargos, solo uno se identificó como compra en una librería. Pero, vistos los conceptos, vayan ustedes a saber si el usuario compró una guía de vinos o directamente el Kamasutra.

Ahora, con las llamadas del juez, empieza una fase muy entretenida que pondrá a prueba la imaginación de los abogados y de los propios implicados. Tienen que explicar a su señoría lo que sería facilísimo de explicar si dijeran la verdad: señor juez, me dieron esa tarjeta para gastos, a nadie le viene mal un dinerillo sin impuestos, y gasté hasta dónde me lo permitía la inmensa generosidad de Caja Madrid con sus directivos y consejeros. Pero, claro, un abogado nunca te permitirá decir eso.

Un abogado se siente en la obligación de que Sánchez Barcoj alegue que todo lo gastado, viaje de Navidades incluido, había sido en función de su trabajo. Gastos de representación. Pero, como además este señor tenía otra tarjeta, la auténtica de gastos de representación, tiene que haber sido el representante por antonomasia de la caja, incluso con algún don de la ubicuidad. Algunos deben pensar que los jueces son tontos o se chupan el dedo.

No sé mucho de lo que declaró Blesa, pero sí de Rodrigo Rato. Y Rato dijo algo nuevo: «La tarjeta formaba parte de mi retribución salarial. Estaba incluida en mi salario y respondía a mi contrato. Su retención se producía como la de cualquier otro concepto salarial». Si el señor Rato consigue demostrar eso, con el contrato que lo certifique y las oportunas declaraciones de Hacienda, se acabó el problema: todo ha sido un malentendido, al menos en su caso. Pero me temo que la opinión pública no está por la labor de creerlo y el juez solo cree lo que se demuestra. Y poco se debió demostrar, por la fianza millonaria a Blesa y a Rato. Por lo que se ve, los hace responsables de la orgía. Y yo pienso que tiene que haber alguien más porque, señores, ha sido una fiesta de quince años, según dijo el propio Rato. Aquí nos falta casi todo por saber. Quizá empezando por el propio juez.

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Después del latrocinio, las mentiras