Epidemia de triunfalismo


A la vista está que no somos muy habilidosos combatiendo las epidemias. Aún no se nos pasó el sonrojo por cómo afrontamos la del ébola y ya nos disponemos a encarar la epidemia de euforia y triunfalismo; esa que se va a desatar en las próximas horas después de la claudicación del honoroble Mas. De ahí que debíamos ser prudentes y cuidadosos ante esa decisión del líder catalán de suspender la consulta, pero al tiempo sacar las urnas y hacer un referendo que no es vinculante, pero que a la vez servirá para saber lo que se opina. Es decir, una contradicción palmaria que no puede originar un contagio de triunfalismo.

Y digo que deberíamos ser especialmente habilidosos en manejarla porque las cosas están como el primer día. Y, por tanto, salimos sin vencedores ni vencidos. Por el momento. Mas y los suyos llegaron adonde querían llegar, que es al límite, y el Gobierno paró el obús donde lo quería parar, que es en el límite. Así que lo que hemos superado, no sin serias dificultades, es la detección, diagnóstico y primera fase de la epidemia, pero nos espera lo más difícil, que es saber cómo la solucionamos. No es necesario utilizar trajes de protección, ni hacer másteres para ponérselos, ni abrir nuevos espacios de aislamiento. Todo lo contrario. Hay que recuperar una normalidad que no hubo, un diálogo que tampoco existió y un razonamiento que nadie detectó.

Mas sabía que no se podía hacer. Y no lo hizo. Pero miren, los consejeros de Caja Madrid también sabían que no lo podían hacer. Y lo hicieron.

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