Los profesionales sanitarios ante las epidemias


El fin de las profesiones sanitarias es servir al «bien del enfermo» por encima de todo, poniendo su esperanza de curación y de ayuda, sus limitaciones económicas, su privacidad e intimidad y su angustia en el primer plano de nuestra intervención: sanación y curación, pero también y siempre, ayuda. Sus principios, deberes y virtudes ponen el conocimiento del experto al servicio de aquellos que necesitan de esos conocimientos y habilidades. Es altruismo beneficiente, algo más que benevolencia (querer a los otros) y que beneficencia (hacer el mejor bien y evitar el daño). El desprendimiento beneficiente altruista reconoce la primacía del derecho del paciente, implicando un desprendimiento de nuestros intereses legítimos. Todo ello implica esfuerzo, incomodidad, abnegación, riesgo, tal vez pérdida económica, e incluso la muerte. Esta actitud está en contraposición del «interés propio» y fue enunciada por Hipócrates (siglo V a. de C.), Santo Tomás de Aquino (lo que se debe uno a sí mismo y lo que se debe a los demás es ordenado por la virtud de la caridad), Adán Smith, Darwin, Schopenhauer y Pelegrino, entre otros. Todos ellos inciden en que el auténtico altruismo actúa motivado por el bien ajeno, para aliviarlo y consolarlo aun asumiendo un coste personal irrecuperable y sin que nadie se aperciba de ello.

Este es el comportamiento que ha guiado a lo largo de la historia a todo el personal sanitario que se involucró en las epidemias, guerras y otras catástrofes. El actual brote de ébola surgido hace 10 meses en Guinea y propagado a Liberia, Sierra Leona, Nigeria y Senegal ha causado 8.000 enfermos con una tasa de mortalidad del 50 %. En el mes de septiembre la enfermedad había afectado a 375 trabajadores sanitarios y causó la muerte a 211 de ellos. A todos ellos les quiero rendir homenaje porque engrandecen la especie humana, y de manera especial a los hermanos de San Juan de Dios Miguel Pajares y Manuel García Viejo, que entregaron su vida por los demás; y a la auxiliar de clínica Teresa Romero, voluntaria para prestar sus servicios en la unidad del hospital Carlos III de Madrid encargada de proporcionar asistencia a los enfermos de ébola, que en el momento que escribo este artículo está luchando por su vida, con el deseo de que se recupere lo antes posible.

Thomas Frieden, director del centro para el control y prevención de las enfermedades de EE.UU., ha declarado que el proceso para superar al virus del ébola será un largo combate, considerándolo como el principal reto desde que apareció el sida a comienzos de 1980. Sin embargo, pienso que hay motivos para la esperanza siempre y cuando se actúe de forma correcta.

Es preciso luchar contra el miedo porque puede ser devastador, no solo por el enorme sufrimiento que acarrea, sino también por el innecesario consumo de recursos demandados por presuntos enfermos imaginarios. El miedo se transmite tan rápidamente como la propia enfermedad y se combate con información clara, precisa y transparente.

Es imperioso también, y sin más dilación, que los países ricos dediquen sus conocimientos y recursos económicos para controlar la enfermedad en África. Ya no es solo un problema de allí, es también de aquí, y para resolverlo es preciso actuar en el foco en el que se ha originado el brote. La actuación debería ser similar a la que se realiza en las intervenciones internacionales en caso de guerra o catástrofe. El esfuerzo presupuestario preciso seguro que será rentable no solo evitando muchas muertes y que el brote de la enfermedad se convierta en epidemia o incluso pandemia, sino también desde el punto de vista económico.

El riesgo de contagio en España es mínimo y disponemos de uno de los sistemas sanitarios mejores del mundo, por lo que es preciso mantener la calma. Otro motivo para la esperanza importante es el hecho de que la comunidad científica internacional está investigando posibles tratamientos eficaces y vacunas, aunque respecto a estas es probable que se retrasen meses o incluso años debido a la necesidad de comprobar su seguridad.

Javier Martínez Pérez-Mendaña, de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia y médico emérito del Sergas.

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