Un hombre hecho jirones y un perro flaco pelean al amanecer por hacerse con lo mejor de la basura que tiraron anoche los empleados de un restaurante que hay al otro lado de una calle de asfalto roto. Es una lucha mano a mano, de tú a tú, casi entre iguales. La lacerante escena la contemplamos, desde la ventana del hotel, en una de esas ciudades africanas en las que te das de bruces con situaciones tan difíciles de encajar que acaban por parecerte irreales.
El respeto por la integridad de los animales distingue a las sociedades desarrolladas y a los individuos más cabales y cultos. Nos repugna tanto el maltrato que los códigos penales imponen penas a quienes los castigan, los abandonan o desatienden sus obligaciones con ellos. Hay personas que establecen lazos muy estrechos y complejos con sus mascotas, y hasta las utilidades terapéuticas y pedagógicas de los animales están asumidas en las sociedades modernas. Hemos comprendido que formamos parte de un ecosistema en el que no estamos solos.
El amor por los animales nos humaniza. Pero parece desmedida la reacción que tuvo gente de buen corazón al saber que el perro de la mujer enferma de ébola iba a ser sacrificado. El fin de semana anterior, solo en Sierra Leona, el virus mató a más de cien personas, y no hubo una reacción pública de esa magnitud. Seguro que muchos de los que mostraron su dolor por el sacrificio del can se horrorizan solo con pensar lo que está sucediendo en África, pero nuestra actitud acomodaticia a veces parece enfermiza. No hay por qué contraponer al hombre y al perro, pero no perdamos de vista que en aquella calle de la ciudad africano pelean por el mismo bocado.