Mato, sanidad, ébola: la tormenta perfecta


España va a llegar al cuarto lustro de este siglo con una colección de problemas que resumiendo mucho podríamos simplificar en tres:

El primero es una durísima crisis económica que aún hace mucho daño, pero que se arreglará, eso sí, dejando en el camino muchas víctimas para quienes jamás regresarán los tiempos de esplendor en la hierba, y sin que esta larga travesía del desierto haya servido para cambiar nuestro obsoleto tejido productivo. El segundo, que es el que más parece alarmar a corto plazo, es la constatación de que una parte de la población catalana, probablemente no la más numerosa pero sin duda la más ruidosa, ha decidido que se quiere ir cuanto antes de España. Y además ha encontrado el apoyo, cuando no directamente la gasolina que aviva el fuego, en una élite política amortizada cuya prioridad es perpetuarse en el poder. Ese problema se arreglará también a corto plazo, por las buenas o por las regulares, aunque dejará heridas que volverán a supurar peligrosamente en una o dos generaciones.

El tercer problema es el más grave, afecta por igual a todas las capas de la sociedad y en todas las geografías, y quizás no tenga arreglo: los españoles nos hemos hartado de nuestra clase política, de los resortes del poder y sus aledaños. Las élites de la Transición han agotado el crédito que les otorgó lo conseguido entonces, y ya no todo vale. La clase dirigente está en entredicho y cada día que pasa lo estará más, porque ha calado en una parte de la sociedad, también en este caso la más activa y la mejor interconectada, esa línea divisoria que han dibujado en el laboratorio los ideólogos de Podemos, aquella que separa a la casta (ellos) del resto de los ciudadanos (nosotros). El problema estará latente hasta que el personal sea llamado a las urnas, y ese carrusel empezará, dependiendo de lo que hagan Mas y Junqueras, como muy tarde en mayo del año que viene.

Pero esa bomba de relojería puede estallar incluso antes por factores inesperados. Le ocurrió al aznarismo, primero con el Prestige y después con la guerra de Irak y el 11-M. Y le puede volver a ocurrir al PP con una crisis como la generada con el contagio por ébola de la auxiliar de enfermería de Becerreá.

La política tancredista por la que habitualmente es criticado Mariano Rajoy funciona en ocasiones, da la impresión de que así será en el asunto catalán. Pero haber llegado al último tramo de la legislatura con la ministra del confeti al frente de Sanidad no parece que vaya a pasar a la historia entre sus grandes aciertos. La representante del Gobierno español que salió el lunes en todas las televisiones del mundo para ofrecer un mensaje de tranquilidad es la misma que no sabía quién había pagado el Jaguar que aparcaba su marido en la cochera. Para acabar de complicar las cosas, en el tablero de ajedrez se encontrarán también los gestores y los profesionales de la golpeada sanidad pública madrileña. Una suerte de tormenta perfecta que se convertirá en un devastador tsunami si la pobre Teresa Romero ha propagado el virus y de la alarma pasamos a la crisis sanitaria.

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