También la violencia se vende por raciones


Sin apenas pensarlo, y ejecutando sus designios como una monumental chapuza, Obama, la OTAN y algunos monaguillos que aspiran a diáconos han empezado a montar una franquicia dedicada a lanzar misiles, a la que puede apuntarse cualquiera que tenga un bombardero de segunda mano, o que preste su gloriosa bandera para legitimar -¡qué razón tenía Huntington!- el choque de civilizaciones.

Lo correcto, bien lo sé, es negar el párrafo anterior.

Simplificar la política internacional al nivel de una película del Oeste, y decir que, habiendo un malo tan malo y tan feo como Al Qaida -que puede aparecer disfrazado de Estado Islámico, de talibanes machistas o de luchador radical contra las dictaduras de Egipto-, a los pobres e inocentes occidentales, que somos los buenos y los guapos, que tenemos una novia hermosa y un caballo veloz, y que damos siempre en el blanco, no nos queda más remedio que cumplir con nuestra obligación de viejos pistoleros reconvertidos en sheriffs mercenarios, y arrearle estopa a los malos -que además escupen en el suelo- hasta que queden destripados en la arena o floten ahogados en el agua turbia del abrevadero.

Es la nueva guerra mundial, en la que todo el mundo tiene derecho a disparar sin necesidad de justificarse, sin examinar su pasado y sin explicar a dónde quiere llegar. Igualito que hace un siglo, en tiempos de aquella Gran Guerra que masacró a 9 millones de soldados y provocó 20 millones de víctimas colaterales.

Aunque tiene estas dos diferencias: que la violencia que antes se distribuía en grandes e indigestos banquetes -Yprés, Verdún, Lieja o el Marne-, se vende ahora por raciones; y que en vez de aquella estúpida manía de matarnos entre vecinos y cristianos, ahora matamos a gente rara y desconocida que no sabe cantar villancicos navideños.

Pero las preguntas esenciales -¿Por qué estamos en estas?, ¿para que sirvieron las guerras de Irak y Afganistán?, ¿a dónde nos llevaron las criminales intervenciones humanitarias sobre Libia y Siria?, ¿por qué no termina el genocidio de Israel contra Palestina?, o ¿por qué nuestras intervenciones liberadoras siempre acaban entregando el poder a sinvergüenzas y dictadores? -siguen todas sin contestar.

Y esa actitud irracional es la parte criminal de este nuevo y difuso conflicto, que en modo alguno queda redimida por el hecho de que los de enfrente sean calificados -por acuerdo unánime- como feroces y alocados terroristas.

Por eso se puede hacer un pronóstico: la guerra de Obama será más horrenda e inútil que las anteriores, y el mundo que Occidente quiere ordenar y proteger queda abocado a un desorden sistémico que seguirá acumulando tensiones e injusticias.

Hasta que todo salte por los aires y volvamos a la guerra tradicional, haciendo las demoliciones y carnicerías como siempre, como Dios y Alá nos mandan.

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