Un detalle francamente menor

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

18 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Sí, es un detalle francamente menor. Tan insignificante como esto: la casa consistorial de Vilassar de Dalt, provincia de Barcelona, como pertenece a la nación catalana, lleva veinte años sin poner la bandera del país vecino, que es España. La senyera y otra, que debe ser la local, lucen bien y altas, en lo alto del edificio. La bandera del país vecino llamado España se quedó algún día en el cajón del alcalde y nunca más se supo de ella. Ni ley de banderas ni gaitas: las cinco corporaciones que han regido Vilassar durante los últimos veinte años se pasaron la bandera rojigualda por el arco de triunfo.

La historia se complica un poco más (solo un poquito más) si se piensa que en ese tiempo la Delegación del Gobierno, autoridad del Estado, no consiguió convencer a los alcaldes para que dejaran asomar la bandera, aunque fuese la puntita. Y se hace algo cómica si se piensa que un juzgado de Barcelona ha rechazado un recurso de esa delegación por defecto de forma; por haber sido presentado fuera de plazo o algo así. Con lo cual, el ayuntamiento de Vilassar puede seguir ostentado la cuatribarrada, dentro de poco le podrá añadir una estrella y la enseña del país vecino puede seguir esperando, que se lo autoriza un juez: otro detalle francamente menor.

Traducido al lenguaje político que usted y yo entendemos, eso significa que la independencia de Cataluña todavía no ha sido declarada de forma unilateral, pero de forma unilateral se apartan y marginan los símbolos de la nación española. Y perdónenme: los símbolos son lo poco que queda del Estado español en multitud de pueblos de Cataluña, sobre todo del interior. Mejor dicho: es lo único que el Estado español todavía puede imponer en muchos pueblos de la Cataluña interior. Si algunos jueces practican la resistencia estilo Gandhi a hacer que se luzcan o se exhiban, hasta esos símbolos pueden desaparecer. Y, si los símbolos se pierden o se esconden, de poco sirve predicar que aquello es España. Si la enseñanza muestra a España como enemiga, si la propaganda oficial ha hecho desaparecer de la historia a españolistas ejemplares o los disfrazan de nacionalistas catalanes -como han hecho con Rafael Casanova, el homenajeado de la Diada-, es el momento de decir con el poeta Maragall «adéu, Espanya». Adiós, por lo menos, en los sentimientos.