España, ese país de piratas


En marzo compré la serie completa de Breaking Bad en deuvedé. Me costó unos 80 euros. Todavía tengo pendiente temporada y media. Es decir, me ha proporcionado unos siete meses de entretenimiento y lo seguirá haciendo uno más, creo, por unos 10 euros mensuales. Durante todo este tiempo he tenido que contestar insistentemente una pregunta: ¿Por qué la compraste si puedes bajarla gratis de Internet?

A mí alrededor resulta algo tan extraño pagar por una serie que, si lo haces, pareces un pardillo. Tal cual. Y todo se acrecienta en edades más bajas. Si en los de mi quinta aún existe sensación de estar realizando algo ilegal (aunque nos dé igual), allá por los diecialgo descargar series se entiende casi como un derecho fundamental. «¿Cómo voy a esperar yo una semana a ver un capítulo de Juego de tronos que se emite hoy en EE. UU?», me decía una devota hace poco.

Quizá por ello Netflix, la compañía que permite ver en streaming series y que está arrasando en EE. UU, Reino Unido, Suecia o Noruega, ha dejado a España fuera de su plan de expansión. Lo contaba ayer Victoria Toro en estas páginas: «Desconfiaban del mercado español por la gran cantidad de descargas ilegales». Así se nos ve. Lógico. Yo haría lo mismo. No sería tan bobo como para invertir un duro en un país en donde la propiedad intelectual se toma a coña.

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