La dichosa normalidad


Siempre me ha escamado la insistencia de algunas gentes por reclamar, en medio del paraíso de las vacaciones, una inquietante «vuelta a la normalidad». Sobre todo porque nunca he comprendido muy bien qué significa eso de la normalidad, aunque doy por hecho que quien la reivindica se refiere a la rutina y al giro perpetuo de la rueda del hámster, todo muy lejos de lo extraordinario, que suena a relato de Poe y ya se sabe. Lo más curioso del tema es que, cuando finalmente uno desembarca refunfuñando, a rastras y atado de pies y manos, en la dichosa normalidad, lo que se encuentra en el eterno retorno del Día de la Marmota es mucho más kafkiano e irreal que la presunta anormalidad del ocio.

Porque, al bajar de la escalerilla del verano, las arenas movedizas que uno pisa se parecen mucho más a las desternillantes viñetas de 13 Rue del Percebe que a ese país encorbatado y solemne que algunos venden de tapadillo por las esquinas del poder. Con la vuelta al cole uno se da de morros contra un mundo donde un alcalde estudia multar -no sé si con radar o fijo o móvil- a las descontroladas vacas que defecan a lo loco, qué bestias, en su ruta diaria entre el establo y el pasto (el tema, claro, ya está en manos del secretario de Estado de Relaciones con las Cortes), y donde una sanadora que se llama Adelina cuenta que dos veces a la semana le ponía una vela y le pasaba un huevo por la espalda al entonces todopoderoso presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, para espantar el mal de ojo de sus furibundos enemigos.

Si esta es la dichosa normalidad, yo no sé para qué inventó Cunqueiro el realismo mágico.

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