El primer banquero de la Unión Europea


Repleto de salud y riqueza, dueño de un arsenal de electrocardiogramas que certificaban su vitalidad envidiable, Emilio Botín falleció en Madrid a los 79 años de edad, sorprendiéndonos a todos y a sí mismo, y confirmando en toda su literalidad el buen decir del poeta en versos de pie quebrado: «Así que no hay cosa fuerte,/ que a papas y emperadores/ y prelados,/ así los trata la muerte/ como a los pobres pastores/ de ganados».

Pero el mismo Manrique, que con tanto sentimiento y sabiduría supo expresar la igualación por la muerte, también cantó dos formas de sobrevivir a ese trance en que todos los ríos -los caudales y los chicos- «van a dar a la mar»: la vida eterna, que solo se alcanza por la fe del hombre y el poder de Dios; y la vida de la fama, que se gana por las obras que dejamos y por la memoria agradecida de deudos y familiares. Y en este último sentido a este financiero muerto le queda cierto recorrido.

Emilio Botín no solo es el buen banquero que puso su mediano negocio a la cabeza de la banca española, el que compró y absorbió a los gigantes de otros tiempos -el Central, el Hispano y el Banesto- que sucumbieron a su mala gestión y a la hipertrofia de sus burocracias, y el que revolucionó en sus formas y ambiciones toda la banca española. La verdadera grandeza de Botín fue haberse dado cuenta de que la Europa unida iba a necesitar bancos europeos, y de que todo lo que sucedió a partir del Tratado de Maastricht era una oportunidad de oro para que lo que hasta entonces era una banca regional mal dimensionada y sin horizontes, como la española, se convirtiese en una banca europea capaz de operar en todo el mundo, y susceptible de convertirse en un modelo de gestión y crecimiento que se sigue con sumo interés en Fráncfort, Londres y Nueva York.

Más allá de sus actuaciones en el borroso límite de las finanzas legales y legítimas, que estos días se comentarán con profusión y regodeo, la capacidad de Emilio Botín para trascender el localismo y montarse en el europeísmo y la globalización le permitió entender las políticas de ajuste más arriesgadas, apoyar los procesos de rescate en los que él no estaba comprometido, y romper con claridad los diagnósticos apocalípticos que pesaron de forma irresponsable sobre la realidad española.

Por eso pienso que Emilio Botín tuvo suerte al morirse ayer mismo, en vísperas de una Diada falsificada y caracterizada por sus enormes y estúpidos riesgos. Antes de ver cómo el Santander UK se convierte en el Santander EK -Reino Esfarelado-; antes de ver cómo el Royal Bank of Scotland, con el que hizo palanca sobre Europa, deja de ser comunitario; y antes de ver cómo una legión de descerebrados vuelven a apostar por el minifundismo político, cultural y financiero que amenaza el bienestar y la paz de nuestros días en Europa y en el mundo.

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