«Pedro il bello» y el pacto de los tortellini


«Pedro, el guapo de la izquierda, conquista Bolonia». «Sánchez sería el vencedor indiscutible en un concurso de belleza». «Los ojos de los militantes del PD se dirigían para el bello Sánchez». Así describía la prensa italiana la participación del líder del PSOE, Pedro Sánchez, en la Festa dell´Unità, organizada por el Partido Demócrata italiano. Los titulares, procedentes de diarios serios como La Repubblica, Il Messaggero y Corriere della Sera, y no de medios amarillistas, ejemplifican hasta qué punto la política se ha convertido en un espectáculo en el que cuenta más el envoltorio que el contenido.

Esa situación resulta especialmente penosa cuando hablamos de alguien como Pedro Sánchez, una rara avis en el carpetovetónico parnaso político español. Acostumbrados a que nuestros próceres no solo no hablen idiomas sino que maltraten con saña el español, resulta que Sánchez habla fluidamente francés e inglés y se expresa con corrección en castellano. Mientras lo habitual es que nuestros políticos carezcan de estudios y se los inventen, o que no hayan ejercido en toda su vida otra profesión que la de cargo público, Pedro Sánchez es doctor en Economía y ha trabajado ya para la empresa privada, demostrando que puede ganarse la vida sin la política.

Pero todo eso no sirve al parecer para nada en un mundo absolutamente mediático en el que los tertulianos profesionales de la televisión invaden las listas de los partidos y en el que, viceversa, los políticos se convierten en tertulianos profesionales. Sánchez es sin duda lo mejor que ha dado el PSOE en los últimos años. Pero alguien parece haberle convencido de que la imagen vale más que el discurso. La fotografía en la que el líder del PSOE aparece en Bolonia junto a los dos jóvenes primeros ministros de Italia (Matteo Renzi) y de Francia (Manuel Valls), y los secretarios generales de los socialistas de Alemania, Achim Post, y de Holanda, Diederik Samson, todos ellos ataviados con camisa blanca arremangada, descorbatados, con pantalones casual y sonrisa desbordante, parece tan artificialmente diseñada y posee tal fuerza mediática, que anula cualquier contenido político. El italiano Renzi se encargó de acabar con la remota posibilidad de presentar la reunión de los dirigentes socialistas como el germen de una seria alianza de izquierdas en Europa al bautizar lo que allí se había producido como «el pacto de los tortellini».

Sánchez haría bien en cuidar más su discurso y menos su imagen. En preocuparse menos de las fotos y más de cumplir la palabra dada, en lugar de hacer cosas como aplazar al 2015 unas primarias que prometió para noviembre del 2014 en su campaña por la secretaría general o acceder a negociar ahora con Rajoy una reforma electoral que hace muy poco dijo que no pactaría nunca. Y, de paso, debería dejar de tomar como ejemplo y mentor a un Renzi que, más allá de su simpatía berlusconiana, no ha sido capaz por ahora de aprobar una sola de las reformas que prometió al llegar al poder.

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