¿Nativos digitales o huérfanos digitales?


Puede que seamos o no conscientes de ello, pero los humanos que habitamos el planeta en estos momentos estamos asistiendo a una de las mayores revoluciones de toda la Historia. Es cierto que el origen son las llamadas «nuevas» tecnologías de la información y de la comunicación (aunque algunas de estas tecnologías han cumplido ya más de 30 años). Sin embargo, se ven afectados casi todos los órdenes de nuestra sociedad: la economía, la educación, la política, el Derecho, etcétera.

Es cierto que esta revolución no nos afecta a todos por igual. Más allá de los condicionantes geosociales, se ha hablado mucho de los llamados «nativos digitales». Esa rara especie de personas que han tenido contacto con el mundo digital desde muy temprana edad y que, por ello, parecen mejor preparadas para desenvolverse sin problemas en este nuevo entorno. ¿Quién no ha oído hablar de esos niños prodigio que desde los dos años ya manejan el mando de la tele o que, en su más tierna infancia, ya usan con soltura el ordenador o el móvil?

Sin embargo, esta aparente habilidad en el uso de las tecnologías oculta una realidad que debemos tener presente: siguen siendo menores que, lejos de no necesitarnos, nos necesitan más que nunca para enseñarles y guiarles en este nuevo entorno.

Más que nativos digitales, lo que tenemos hoy en día, desgraciadamente, es una verdadera generación de «huérfanos digitales». Niños y adolescentes a los que les abrimos la puerta de un nuevo y atractivo mundo tecnológico, que se lanzan a explorar con su curiosidad innata, del cual no solo no les contamos nada (pues nada sabemos o decimos) sino que además nos negamos a acompañarles por sentirnos erróneamente más torpes e incompetentes. No confundamos habilidad con conocimiento.

Estamos haciendo una negligente dejación de funciones. Nuestra primera responsabilidad como padres, educadores y profesionales es conocer esta nueva realidad tecnológica. Usarla. Movernos por ella. Solo así y con nuestra mentalidad más experimentada y adulta, podremos detectar sus grandes oportunidades y también sus riesgos a fin de poder guiar a nuestros menores en un uso provechoso y responsable del mundo digital.

Internet no es el enemigo, sino solamente una herramienta. Lo mismo que un cuchillo que igualmente sirve para untar el pan que para herir a una persona. Y es una realidad que ha venido para quedarse.

Lo mismo que no dejamos a un niño salir solo de casa sin haberle acompañado antes e insistirle muchas veces en que preste atención a los semáforos y tenga cuidado al cruzar la calle, etcétera, no podemos hacer lo mismo con Internet. Debemos salir con ellos, conocer los nuevos semáforos digitales (que los hay y muchos), enseñarles y vigilarles hasta que aprendan por sí mismos.

Es nuestra responsabilidad. Ni son nativos digitales ni deben ser tampoco huérfanos digitales. Son nuestros hijos, y como en el resto de órdenes de la vida, nos necesitan.

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