Fotografiarse desnudas, lamer escupitajos


Las tres noticias más vistas en la edición digital de este periódico a primera hora de ayer resumían a la perfección el salto sideral que existe entre el mundo privilegiado en que vive una pequeña parte de la humanidad y la barbarie que sufre la inmensa mayoría.

La noticias eran estas: 1ª. «Fotos íntimas de Jennifer Lawrence desnuda, filtradas a través de las redes sociales tras ser hacheadas de iCloud. Un ataque informático masivo ha afectado también a otras famosas, como Rihanna, Kirsten Dunst, Scarlett Johansson o Selena Gómez». 2ª. «Keira Knightley y su toples reivindicativo. La actriz posa sin camiseta en la revista Interview Magazine, orgullosa de sus pechos pequeños». 3ª. «Matan a una joven india por negarse a lamer un escupitajo. Esta pena le fue impuesta por tratar de defender a su padre mientras le propinaban una paliza por no poder cumplir con sus deudas».

Para no caer en esa demagogia facilona que me pone de los nervios, dejaré claro que la violación de la intimidad de personas que se fotografían desnudas en privado me parece inadmisible, tanto que comparto la campaña consistente en negarse a ver esas fotos robadas en la Red; y que la causa que defiende Keira Knightley -una actriz maravillosa además de una hermosísima mujer- tiene toda mi simpatía: ella ha tenido el valor de fotografiarse con el torso desnudo no para hacerse publicidad o ganar pasta, sino para defender que las mujeres no tienen porque pasar por el quirófano para seguir la moda de que belleza y pechos grandes son lo mismo.

Pero afirmadas ambas cosas, parece obvio que entre una sociedad donde las mujeres defienden su intimidad o luchan contra los cánones oficiales de belleza y otra en la que una joven es asesinada por negarse a cumplir la condena de lamer un escupitajo, impuesta por defender a su padre, brutalmente golpeado por incumplir el pago de una deuda, media tal distancia que avergüenza a un Occidente que ha optado por convivir con los inmensos agujeros negros de pobreza, de injusticia y de maldad que padece una gran parte del planeta.

Aquí tiramos millones de toneladas de alimentos mientras países enteros pasan hambre (el libro Despilfarro. El escándalo global de la comida, de Tristram Stuart, en Alianza Editorial, no tiene desperdicio); investigamos cada año para sacar al mercado un nuevo móvil, mientras en muchos lugares de África se extrae el agua con procedimientos medievales; y hemos conseguido convertir el sida en un mal crónico, que diezma, sin embargo, a la población del mundo pobre.

Y aquí, las mujeres luchan por su intimidad y la libertad de tener el cuerpo que deseen mientras, en el mundo que está detrás de nuestros muros y alambradas, las mujeres viven como esclavas y mueren como si fueran alimañas. Esa es su desgracia. Y es nuestra vergüenza.

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