Una transacción de alto riesgo


El resultado de la cumbre compostelana de Ángela Merkel y Mariano Rajoy estaba cantado: el decisivo voto alemán a la candidatura de Luis de Guindos para dirigir el Eurogrupo, a cambio de un apoyo español sin fisuras a la política económica europea de la canciller. Esta última necesitaba perentoriamente, quizá por primera vez desde el 2010, que el Gobierno de uno de los grandes países de la UE cerrara filas con ella en torno al programa de austeridad sin matices. ¿Por qué motivo? Por dos fundamentales. Primero, porque la reacción que siguió a las elecciones europeas llevó a la aparición, también por vez primera, de todo un programa alternativo a los recortes generalizados dirigido por el nuevo eje franco-italiano. Pareció al principio que Merkel aceptaba sin mucho entusiasmo ese viraje, pero ahora ya se va viendo que no es en absoluto así: apenas tres meses después de aquel intento de cambio de dirección ha sido el Gobierno francés el que se ha visto obligado a volver al redil, entrando en una crisis política aún más profunda, lo que solo se explica por la total inflexibilidad alemana.

El segundo motivo tiene que ver con el hasta cierto punto inesperado deterioro de la situación económica en el continente que han revelado los últimos datos de coyuntura. Que ahora asome la posibilidad de una tercera recesión en siete años para el conjunto de la UE (algo absolutamente desconocido en la historia económica reciente) habla por sí solo del fracaso de la política europea en los últimos años. Hasta la propia economía alemana comienza a dar muestras de agotamiento ante la persistencia del doctrinarismo del ajuste general. El contraste con la situación de Estados Unidos, donde una política de orientación muy diferente ha traído ya una recuperación a velocidad de crucero, multiplica las presiones para un viraje (que incluso, desde la ortodoxia del BCE, Mario Draghi ha respaldado en la reciente reunión de banqueros centrales en Jackson Hole). Pero parece, una vez más, que para Merkel no hay presiones que valgan: sencillamente ella no cede.

Y aquí surge la oportunidad para Rajoy y su transacción de cargos por apoyo político. Transacción que acarrea riesgos muy serios. Por supuesto que es importante que un español coordine la política económica del Consejo Europeo, sobre todo teniendo en cuenta la pérdida de posiciones clave durante el último lustro; la presidencia del Eurogrupo compensaría en parte la ausencia española en el consejo del BCE, y ayudaría a suavizar algunos tragos complicados que aún faltan por pasar, como las nuevas pruebas de esfuerzo bancario (y tal vez, también, hacer la vista gorda ante el electoralismo fiscal de nuestro Gobierno). La cuestión fundamental, sin embargo, está en la contrapartida: respaldar una política que nos ahoga tanto como a franceses e italianos. Porque aviados estamos si con ello se consigue bloquear cualquier posibilidad de salida del laberinto del austericidio.

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