¿A quién repatriamos?


El problema no son los 400.000 euros que dicen que costó la repatriación. Estamos derrochando en pillajes y juergas cantidades ingentes y también rescatamos a patrones de yate incapaces, a surfistas torpes y a montañeros zotes. El problema tampoco es el riesgo de contagio, que parece mínimo, a decir de los especialistas. Ni el cierre de un hospital. Cerramos todos los días muchas más camas y con carácter indefinido. El problema es dónde situamos la línea roja y en función de qué decidimos si hay repatriación o no.

La monja Catherine Agdodnito, entre otras, reclama el mismo trato que se les dispensó a Miguel Pajares y a Juliana Bonoha: regresar a su país en una misión oficial de repatriación. Incluso pudiendo ahorrarnos el despliegue propagandístico y mediático de esta ocasión.

Otros ciudadanos en zonas de riesgo de contagio del ébola o de otras epidemias, agradecerían un esfuerzo similar. En todos los rincones del mundo, por muy diferentes motivos, existen españoles que piden ser repatriados con el mismo éxito que quien pide un puesto de trabajo. Los medios de comunicación nos presentan cada día a compatriotas desesperados por regresar sin que nuestro Gobierno los escuche.

Así que pongamos el debate en su justo lugar. Repatriados Miguel Pajares y Juliana Bonoha, que merecen toda nuestra admiración por dedicar sus vidas a ayudar a los desarrapados y menesterosos a los que el mundo da la espalda, nos queda por decidir qué vamos a hacer a partir de hoy mismo. Y dónde situamos la línea roja que marque a quiénes repatriamos y a quiénes no. Para que, al menos en esta ocasión, la salvación y protección sea igual para todos.

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