Una bella fantasía


Inyectar una dosis de euforia que nos mantenga en un estado de entusiasmo y optimismo todo el verano. Acabar, al menos momentáneamente, con ese clima de desazón y zozobra que nos invade. De eso se trataba; de poco más. Y la misión la cumplió el presidente Rajoy con un notable, porque en su comparecencia prevacacional nos ha retratado un escenario que se nos antoja irreconocible.

Porque resulta difícil de entender cómo hace solo unas horas estábamos debatiendo sobre qué hacer con los niños que este verano no tienen dónde comer, sobre la cuarta parte de la población que está en riesgo de pobreza severa, o sobre esa mitad de jóvenes que no dan encontrado un trabajo y hoy ya nos hablan de «recuperación firme» y de que «pisamos terreno sólido». Nos dicen que hay que mantener las reformas que nos han convertido en el país con mayores desigualdades sociales de toda la OCDE.

No se puede acusar al presidente de mentir a sus ciudadanos. No. Es que ya decía El Roto que los balcones de la Moncloa dan a unos jardines, porque si dieran a una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera, el presidente no sería capaz de hablarnos de «una recuperación cada vez más intensa» ni de una «buena política económica».

La misión de todo político es insuflar ánimo a sus ciudadanos. Entre otras cosas, para eso les pagamos. Así que a unos les da por crear, al otro lado del Atlántico, el Ministerio de la Suprema Felicidad y a otros por contarnos una batallita, como aquellas que le soportábamos con extraordinaria resignación a nuestros abuelos. Aunque sabíamos que todo era producto de su imaginación. Y de su fantasía.

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