Alberto Fabra echa la lengua a pacer


«La Comunidad Valenciana -dijo su presidente- es la peor financiada del Estado». Y después de tan grave aserto, en vez de analizar por qué, desde cuándo, quién se lleva su dinero, cómo se puede arreglar el entuerto, por qué ese déficit no frenó la megalomanía y el despilfarro, y qué posibilidades tenemos de generar un pacto para el reajuste del modelo, lo que hizo este pobre diablo fue echar la lengua a pacer y alimentar con gasolina la estúpida hoguera de los agravios encendida por Mas. Es lo que en argot militar se llama «fuego amigo», una mezcla de buena intención y supina ignorancia que siempre favorece al adversario.

Lo que hace Fabra es enunciar el problema sin diagnosticarlo, y por eso propone una solución sintomática, transitoria y urgente, en la que él se convierte en la pieza básica del futuro. Tiene cierta lógica -vino a decir- que los valencianos se sumen a Cataluña y a su independentismo para evitar que «España les robe». Y por eso exijo que la Moncloa haga un plan especial para que Valencia reciba más dinero. De esa forma -parece concluir don Alberto- podré hacer más clientelismo, ganarles las elecciones a las turbas izquierdistas y populistas, y dejar aislados a Mas y Junqueras con su consulta y sus ejércitos de tierra, mar y aire. Es la gilipollez supina, revestida de institucionalidad, y presentada como discurso de Estado.

Así empezó Mas, generando un agravio instrumental que ahora no sabe parar. Y así se trata de soslayar un problema que el PP tiene encima de la mesa, el de la financiación, al que nadie vislumbra cómo hincarle el diente. Porque el viejo modelo de echarle más agua al molino -o de repartir la pasta de manera discrecional para apaciguar a los cabreados-, que es lo que se vino haciendo hasta ahora, ya no se puede repetir, porque ya no hay carbón suficiente para ese viaje. Porque la idea de que tenemos unas pocas autonomías que presentan problemas -Cataluña, Canarias o Valencia- y otras que aguantan siempre lo que les echen -Andalucía, Extremadura, Castilla o Madrid-, y que basta con hacer sutiles quitas en unas para disimular sutiles regalos a otras, tampoco funciona, porque España ya es casi federal y no soporta soluciones asimétricas o excepcionales que unos disfrutan y otros toleran. Y porque la idea de que cada cual tiene que arreglarse con lo suyo, sin ceder nada para la solidaridad territorial y social, genera un cáncer de la democracia del que solo cabe esperar, a medio plazo, dolores y desgracias.

La solución ya no es encajar a Cataluña con un plan singular, como dice Rubalcaba, ni reforzar a Valencia en contra del separatismo fronterizo, como sugiere Fabra. Y por eso tenemos que convencernos de que, si no ponemos coto a las ocurrencias, vamos a perecer. Y no en la crisis, que es pasajera, sino por la ignorancia y el desorden.

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