Cercanía, liderazgo ético, unidad nacional


Ya veis: hace dos días, Alteza Real. Desde ayer, Su Majestad Felipe VI. A su lado, una joven llamada Letizia que nos costó verla como princesa de Asturias. Desde ayer, reina de España, reina Letizia. Y a su lado, fugazmente, el tiempo justo para aparecer en la foto, un rey que se diluye entre las sombras de su intimidad. Y otra reina, doña Sofía, cuyo nombre suscita emociones solo con mencionarlo. Y dos niñas, una de ellas llamada a reinar, que ignoro si suscitan más ternura o admiración por su temprana sumisión a la dictadura del protocolo.

Pero el protagonista es él, Felipe VI. Desde ayer conocemos su forma de entender el oficio de rey. Hizo un discurso que a mí me pareció demasiado detallista para su dimensión histórica. Quizá le faltó algún toque emocional para levantar el aplauso de las Cortes. Pero ha gustado. En sus apuntes intencionales hay orientaciones obvias, como la de ser un rey constitucional. No cabe otra opción, ni su padre hizo otra cosa, aunque ayer sonase como revolucionario. Y a partir de ahí, tres grandes claves para iniciar su reinado. La primera, la cercanía a la sociedad, con cuatro verbos conjugados ante la soberanía nacional: escuchar, comprender, advertir, aconsejar. Se podría añadir alguno más, como templar, sosegar, mediar, arbitrar o impulsar, pero con que sea efectivamente un jefe del Estado que oiga a su pueblo, que lo comprenda, que tenga el valor de advertir y sabiduría y autoridad para el consejo, ya será un buen rey.

La segunda, el mensaje ético. Felipe VI sabe qué ha erosionado a la Corona. La ausencia de su hermana Cristina, presente en Madrid, pero distanciada de los actos oficiales, encierran un drama familiar, pero también un aviso de intolerancia ante asomos de corrupción. Este rey tiene clara una cosa y la dijo: que, para consolidarse en la Corona y consolidar la monarquía, necesita que su autoridad sea una autoridad moral. Eso es lo que está en las demandas cívicas y está claro que lo asume.

Y la tercera, la herida de la disgregación nacional. No citó a Cataluña ni al País Vasco. Pero explicó su filosofía: «En esta España, unida y diversa, cabemos todos». Y defendió los idiomas propios como un autonomista. Y citó a los nombres emblemáticos de las identidades nacionales, como Castelao. Pero, ay, en ese capítulo no basta lo que diga el rey. Importa cómo lo reciban los instalados en la secesión. Ayer fueron tacaños en el aplauso. Después uno de ellos lamentó que no haya reconocido el Estado plurinacional. Como en el fútbol, en esa liga identitaria, el rey no depende de su juego. Depende de los demás. Y tengo la impresión de que se ha subido a un tren que se está pasando de estación y circula a demasiada velocidad.

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