Duran i Lleida se independiza de Mas


Durán i Lleida abandona el osado independentismo de Artur Mas e inicia la recomposición del centro nacionalista en Cataluña. Se va tarde, y después de haber coqueteado estúpidamente con la manipulación de las masas y el acoso estratégico al Estado, pero se va. Y en ese irse está implícita su censura al independentismo, al derrumbe de Jordi Pujol como hombre de Estado, a la entrega de Cataluña en manos del irreflexivo aventurerismo de ERC, y a una estrategia personal de huida hacia adelante que, convertida en la tabla de salvación de Mas, amenaza con hacer desaparecer del mapa de Cataluña al PSC, que ya está en las boqueadas, y a CiU, que de hecho ya está rota.

La noticia dice que Duran i Lleida renunció a ser número dos de CiU; anunció que no renovará su cargo de portavoz en el Congreso; dejó sobre la mesa la amenaza de que, en caso de celebrarse la consulta soberanista, la actual CiU concurrirá por separado a las elecciones plebiscitarias, y levantó un banderín de enganche para que la parte más serena y dinámica de la sociedad catalana pueda iniciar una regeneración que ya no admite dilación. Pero Duran i Lleida hace muy tarde lo que pudo hacer temprano. Y por eso no está claro que su arriesgada maniobra pueda alcanzar, a precio razonable, los objetivos que la inspiran.

Si hubiese abandonado a Mas en el kilómetro cero, Duran i Lleida sería hoy el hombre de Estado que necesita Cataluña, y el principio y fundamento de un cambio que liberara a su patria de una ensoñación decimonónica y carente de sentido. Pero la doble lealtad a la que jugó tanto tiempo puede haberlo convertido en el parapentista que frena al borde del abismo y se despeña después por la ladera. Si hubiese abandonado antes la boutade nacionalista, Duran i Lleida habría contribuido a limitar el andazo independentista que arraigó en una opinión pública que fue manipulada desde las estructuras del poder, y hasta podría haber evitado que buena parte de los corifeos y mercenarios que se adhirieron al proyecto soberanista desde la academia y los púlpitos mediáticos, se apuntasen directamente al caos y -aunque el dicho pueda sonar extraño en Cataluña- a que salga el sol por Antequera. Pero hoy no es nada seguro que la tardía rectificación de Duran i Lleida, anunciada cuando la hueste ya está lanzada al choque, no produzca el efecto de una rabiosa aceleración del disparate.

Finalmente, si este toque de atención se hubiese sucedido cuando se hizo evidente que Mas había perdido el control de la operación, Duran i Lleida podía ser la pieza esencial del Estado en Cataluña, o el nudo de enlace para una solución inteligente del problema catalán, cosa que ahora, me temo, ya no puede ser. Por eso es posible que el gesto de Duran i Lleida sea un sacrificio inútil, aunque a mí me gustaría que fuese todo lo contrario.

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