No es la economía, estúpido


Se equivoca quien piense que una sucesión exprés de Juan Carlos I a Felipe VI resolverá los problemas que la han provocado. Al contrario, esta no es una simple crisis política causada por una durísima depresión económica. Esto no se arregla con medio punto positivo del PIB. Aquí no vale la máxima que aupó al poder a Bill Clinton, «es la economía, estúpido». Pues no. No es solo la economía, es mucho más. Asistimos a un deterioro institucional inmenso, y un enjuague de PP y PSOE encaminado a pasar página y garantizar que todo cambie sin cambiar nada solo servirá para cargar de razones, y sobre todo de votos, a Pablo Iglesias y a los que como él quieren acabar con «la casta».

¿Por qué han hecho esto ahora, a toda prisa, en una semana en la que el rey, la reina, el príncipe y los ministros tenían otros planes en la agenda? La decisión, quizás adoptada en enero, pero cuya oficialización sin duda se ha acelerado, corrobora que estamos asistiendo al final de una era. La jubilación del rey se produce una semana después del gran batacazo del bipartidismo. Por primera vez en la historia democrática española las dos grandes fuerzas políticas suman menos del 50 % de los votos. Y hasta que nadie lo explique mejor, la única razón para acelerar esto parece ser que la monarquía aún cuenta con el respaldo del 80 % del Congreso de los Diputados. Y, por tanto, que el Parlamento garantizará con holgura la aprobación de la ley que permitirá la investidura de Felipe y renovará la inviolabilidad jurídica de Juan Carlos.

¿Habría ocurrido lo mismo dentro de algunas semanas, con un nuevo e incierto liderazgo en el PSOE? Porque esa es la gran partida que se está jugando, y eso es lo que se ha llevado por delante al rey: la pugna por el votante de izquierdas, indignado y de corazón republicano.

¿Cómo habría afrontado el debate sobre la monarquía un nuevo líder socialista, por ejemplo Madina, que quisiera recuperar el terreno perdido en la calle y en las redes sociales?

En ese ámbito, el PSOE tiene un boquete de unas dimensiones que quizás aún no ha calculado del todo. Pablo Iglesias, que no busca el voto en los caladeros del PP ni en los de IU (estos últimos los tendrá cuando los necesite), domina como nadie la escena, se fotografía volando a Bruselas en Ryanair, compra la ropa en Alcampo (no precisamente una cooperativa de comercio justo), renuncia a parte de su sueldo y a las prebendas como eurodiputado. Y ayer dedicó toda la jornada a lanzarle un guante envenenado a sus contertulios socialistas: «Tienen ustedes una última oportunidad para demostrar que no están con la casta».

El sucesor de Rubalcaba tiene muchísimo trabajo por delante.

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