Una alternativa democrática a la troika


Ahora que acabamos de elegir 751 diputados al Parlamento Europeo, para una unión de 28 Estados, puede parecer un disparate que alguien proponga que, además de este, necesitamos contar con un nuevo Parlamento en Europa. Y sin embargo un grupo de prestigiosos académicos y profesores franceses (entre los que se encuentra el ahora muy afamado T. Piketty) así lo acaba de hacer en un breve manifiesto titulado Por una unión política del euro (http://www.pouruneunionpolitiquedeleuro.eu/es/), disponible en castellano y cuya lectura recomiendo.

Me parece una propuesta del máximo interés y oportunidad. Sobre todo porque concreta y avanza en un debate que se abrió el pasado año en Alemania (Glienicker Gruppe). Interés máximo, porque el eje franco alemán es central, en la UE y en la eurozona, y ello aunque tanto en Alemania como en Francia estén aflorando populismos nacionalistas que prometen solucionarlo todo replegándose en sus fronteras.

¿Por qué y para qué necesitamos una nueva Cámara europea? Muy sencillo: porque en la eurozona de dieciocho Estados compartimos una moneda que no cuenta con un Gobierno ni un presupuesto que la respalde, ni tampoco con una Cámara que controle a aquel y fiscalice a este.

Cierto que tenemos un Parlamento para la UE-28, pero no es elegido para respaldar el Gobierno de la moneda común de los 18 Estados del euro. Ni la Comisión, ni su nuevo presidente, tienen esa geometría detrás. Es así que para cubrir ese vacío el eurogrupo actúa como reunión informal de los ministros de Economía del euro o de los jefes de Estado y de Gobierno, lo que de facto convierte el Gobierno de la eurozona en un federalismo ejecutivo de los Estados, lo que los firmantes del manifiesto califican como un federalismo tecnocrático e ineficaz.

Por eso señalan que para la unión de países del euro «hay que crear una auténtica Cámara europea en la que cada país esté representado por unos diputados que representen todo el espectro político y no por un único jefe de Estado o de Gobierno». Solo así, a su juicio, el Gobierno de la eurozona dejaría de ser patéticamente impotente ante las todopoderosas fuerzas del mercado y de la competencia.

De manera que el BCE y el Gobierno de la eurozona estaría controlado por esa Cámara. Un Gobierno de la eurozona que, proponen, debe contar, como mínimo, con un presupuesto semejante al de la UE-28, con fondos de un impuesto federal común sobre el beneficio de las sociedades de la eurozona (y no con presupuestos de los Estados) y que permita impulsar la inversión y el empleo en los países que más lo necesiten.

Solo esa Cámara europea tendría legitimidad para fijar el nivel de déficit común y no, como ahora, que lo sea por instancias posdemocráticas o por normas congeladas en las constituciones de los países, y también respaldaría las deudas públicas que superen el 60 % del PIB de cada país miembro.

Como vemos, justo lo contrario de lo que venden los euroescépticos de todo pelaje. Quizás así evitemos que, más pronto que tarde, la ruptura de la eurozona provoque un cataclismo imprevisible. Y que en la zona euro muchos de sus ciudadanos vivamos en un ínterin agónico e insostenible.

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